jueves, 19 de octubre de 2017

Día del Padre


Cada vez que llega el día del padre, pienso en la mejor manera de resistirme a celebrarlo en esta fecha.
Creo que hay que parar de una vez con que en nuestra tierra celebremos el día del padre norteamericano.
Porque el tercer domingo de junio, fue instituido como el día del padre en los EEUU en homenaje a un militar yanqui que enviudó y crió a sus hijos parece ser que de manera ejemplar. El tipo se llamó John Bruce Dodd. Y en su homenaje desde 1924 se celebra en el país del norte el día del padre. Pero recién fue oficializado ahí en 1966 cuando Lyndon Jhonson era presidente, e invitó a los países latinoamericanos a adherir a esa fecha. Nuestro presidente de facto era Juan Carlos Onganía. Tan nacionalista que adhirió de inmediato. Y desde entonces celebramos cada tercer domingo de junio el día del padre norteamericano. Dejémonos de joder. Propongan ideas para cambiar la fecha.

Nieva Sobre Mi Jardín

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Nieva sobre mi jardín. 
Es una nevada densa, lenta, ingrávida, sostenida, con algo de eternidad, como la música barroca.
Los casi inexistentes sonidos del barrio son absorbidos por la nieve.
Apenas una suave caricia persistente sobre mi techo.
Por supuesto, la leña arde y me espera una copa de vino.
Por ahora es de Clasic Old Bull hasta que empiece el laburo.
Los techos blancos. La calle blanca. Los árboles blancos.
La nevada se enfatiza debajo de los faroles. El cono de luz permite ver las tropas de copos que vienen inclinados por el viento de la cordillera-
Caen contradiciendo los ocho metros sobre segundo al cuadrado de la aceleración de la gravedad.
Son antinewtonianos los cosos éstos.
Qué placer, carajo.

Reloj Despertador - Parte I

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No suelo vincularme emocionalmente con los objetos. Hay pocos con los que ese fenómeno se produce y terminaron siendo entrañables: mi Victorinox, un pingüino para servir vino malo con hielo, mi matra que pesa una tonelada y que fue tejida por una anciana Mapuche de Aucapán Abajo, mi viejo sombrero de Guardaparque, mi machete, una pluma de cóndor, y pocas cosas más.
Ocurre que creo que hoy recibí un pequeño objeto que va camino a vincularse con mis emociones. Espero que sean amorosas. Se trata de un pequeño despertador blanco con dos campanitas que compró mi hija Julieta para que no la molestara más pidiéndole que me ponga el despertador del celular.
Es un reloj extraño. Singular. Primero porque no lleva pilas. Es acuerda. Y de inmediato pensé que en tanto acuerda debe ser conciliador o bien tener memoria. Ambas virtudes las valoro. Y su singularidad también se nota en su funcionamiento. Debe ser de una tecnología secreta y superior, porque anda bastante más rápido que los demás relojes que tengo que no son despetadores. Cada cinco horas y media, éste anda seis.
Lo tengo a prueba. Lo puse a las siete de la mañana para poder despertarme suficientemente, darle de comer a mis perros, tomar un café y organizar algo la casa, antes de bajar al pueblo para salir a guiar a Villa La Angostura por la Ruta de los Siete Lagos a las 8 y cuarto de la mañana. Vamos a ver cómo se comporta. Porque o se incorpora a mis emociones o lo hiervo.

Reloj Despertador - Parte II

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El flamante relojito despertador blanco con dos campanitas como orejas de ratón, me mantiene muy alerta- En cuanto mi hija Julieta lo trajo del kiosco de Juanjo diciéndome “es a cuerda, era el único que había”, supe que algo significativo encerraba. Y me incliné a creer que podía relacionarse conmigo dentro de la categoría de “objeto entrañable”.
Por ahora esa tipología está en evaluación.
El relojito funciona como tal. Sus agujas giran, aunque el despertador no logré ponerlo en funcionamiento pese al asesoramiento requerido.
El tema es cómo giran esas agujas.
Por momentos, adelanta 17 minutos por cada hora de los otros relojes. Pero se nota que después de esos impulsos, su energía decrece. La velocidad de sus agujas merma, y a veces se detienen sin que le falte cuerda. Simplemente se toma un descanso y al rato vuelve a acelerar.
Pero otras veces,-lo comprobé en dos oportunidades-.a partir de su detención, retrocede. Se nota en el segundero y el minutero- Hoy a la tarde retrocedió seis minutos.
Por ejemplo, ahora que el reloj de esta compu marca las 9 y 45 minutos de esta noche, el relojito blanco cuya función de despertador resultó apócrifa, indica que son las tres y veinte. Pero no puedo saber si de esta misma tarde que transcurrió, o de la madrugada de mañana-
Reconozco que casi tomo la decisión de someterlo a un hervor. Pero el objeto parece empeñado en querer comunicarse conmigo desde su conducta irregular. No es lógico que un reloj se comporte así, de modo que su observación me remite a algunas reflexiones.
Pero antes de esbozarlas, decido ver cómo se manifiesta hasta mañana.
Claramente, está poseído.

Cosas de Pueblo de la Patagonia

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Cielo nocturno en la costanera del Lago Lacar

Acabo de entrar a casa. Llevé a Perrito a mear al jardín. Está escarchando. El estrellerío te pesa sobre los hombros. La nieve de las montañas es celeste. No hay luna y entonces la cúpula del cielo recorta mejor las constalaciones. Arriba todo gira y danza. Una lechuza nos chistó desde el abedul más alto. LO notable es con las lluvias y las nevadas, la cascada de mi barrio se convirtió en un bajo continuo que suena en fa.
¿Quién no tiene una molesta cascada en su barrio?
Cosas de pueblo de la Patagonia.

Mañana Blanca

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Nevada del 17 de Agosto de 2017 en San Martín de Los Andes
Mañana blanca. Nevó toda la noche con temporal, y sigue. Los techos, las calles, los jardines y los árboles están cargados de nieve. En las aristas se han formado voladeros porque el viento es fuerte y nieva horizontal.
Día de leer, escuchar música, encender la leña, tener a los perros adentro, y tal vez enseñarle a alguno de los tres a jugar al Scrabel. (15-09-2013)


martes, 17 de octubre de 2017

Aerobic

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Costanera del Lago Lacar - San Martín de Los  Andes

Me levanté como si lo hubiera decidido mientras dormía. Le di de comer a los perros, y mientras tomaba un café me puse ropa cómoda y zapatos de montaña- La mañana, transparente y serena.
A las ocho arranqué el auto. Ni un alma en ningún sitio. “Felicidades, Don Caletti”, le dijo el cana de tránsito cuando pasé frente a la caminera, probablemente atónito de verme pasar a esa extraña hora vestido casi de niño explorador.
Estacioné en la costanera.
El Lácar estaba magnífico. El aire amigable y pacífico. Algunos patos maiceros mezclados con un cormorán de agua dulce, buscaban alimento cerca de la playa. Me bajé, estiré los brazos y las piernas, miré todo alrededor y empecé a caminar en subida por la Ruta de los Siete Lagos con destino a Catritre.
Al principio, todo lo percibí en planos generales. Las laderas del cerro Curruhuinca, el verde perfecto del lago, las montañas nevadas en el fondo marcando el límite con Chile, el cipresal puro a la izquierda, y los bosques mixtos sobre el morro de Las Bandurrias.
Necesitaba caminar. Que el conocimiento que tiene el aire me circule. Me toque. Y estar solo, sin guiar a nadie.
Necesitaba guiarme.
Me fascinó el aroma dulce de la rosa mosqueta mezclado con el perfume ácido del pañil. Sobrevolaban a mi paso y se iban.
Logré enseguida ese estado casi hipnótico de caminar en forma sostenida y rítmica. El placer empezó a invadirme, mientras los planos de percepción se hacían más cortos. Al principio fue el planeo perfecto de una gaviota sobre el verde del lago. Las vetas de minerales cuarcíferos en las rocas del faldeo del camino. El gesto del tallo de un pañil.
Y seguí la marcha.
Acomodé finalmente la respiración a esa danza incomprensible que es andar y entonces fueron apareciendo planos más cortos. El vuelo eléctrico de las golondrinas, la acrobacia de los abejorros para polinizar las retamas, o el brillo íntimo y fugaz del borde de una hoja de álamo plateado que alguien plantó junto a un rezatorio al Gauchito Gil.
Y paré a unos cuatro kilómetros después de subir, en un divisadero sobre el lago.
Y desde la profundo del disfrute de lo micro, respiré profundo y me junté con la abrumadora magnitud del espacio, las montañas en perspectiva, las penínsulas sensuales, el cielo cóncavo, el agua tendida abajo como una sábana profunda.
Ejercicio fractáltico.
Y ahí quedé, pendulando entre lo micro y lo macro, en ese trapecio de los opuestos, en donde la acrobacia inevitable es la del asombro.
No me di cuenta que casi pasó una hora.
Pero el descenso fue más sencillo, despidiéndome de las vetas de cuarzo, de los abejorros, de las gaviotas y las golondrinas, del cipresal puro y la nobleza del aire.
Con el placer de haber elongado la neurona.
Empecé una mañana hermosa.
Creo que a eso le dicen hacer aerobic.

Insólito Final de Siesta

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Después de un almuerzo gourmet decidí disfrutar una siesta. Afuera hacía verdaderamente fresco y llovía. Con el agua, los cerezos del jardín y mi manzano se veían felices. Los frutos rojos del corinto que crecen alrededor del cerco relucían. Mis dos perras se negaron a salir, y entonces tomé la decisión de entrar a Perrito, que de día está afuera por ser socialmente incorrecto.
Siesta feliz. Desparramado. Hasta que empecé a percibir que algo sospechoso estaba ocurriendo. Mis tres perros roncaban de placer, pero un excesivo silencio afuera de casa me despertó y me puso alerta. Ni siquiera se escuchaba el leve toque de las gotas de lluvia contra mi techo de tejuelas viejas de alerce. Nada.
Dos cucharadas de dulce de leche fueron suficientes para esa transición entre el recién despertarse y la vigilia completa. Y Perrito me pidió salir. Lo agarré del collar, abrí la puerta para salir al jardín….y ahí encontré la respuesta a mis sospechas.
Todo nevado.
Las montañas, los bosques…todo nevado.
Claro. Lo que me despertó es ese silencio con eco que se produce cuando nieva.
Y todo está blanco hasta cotas bastante bajas.
Una nevada de fin de año.
Como para poner en blanco la vida y resetearla.
De modo que entré, encendí la leña y aquí estoy tomando un café y viendo desde mi jardín de invierno este insólito panorama de 31 de diciembre por la tarde.
Cosa y no creer...¿vió?

Mi Barrio

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Decidido a hacer ejercicio y tonificar los músculos, ansioso de poder volver a laburar guiando en el Parque Nacional y dejar de escribir estupideces, salí a caminar por el barrio.
Tardecita tibia. Primavera desatada en la que pululan crías de todo lo que vive.
Los notros explotan de rojo en las laderas. Algo de brisa.
Arriba, en el cordón Chapelco se mantiene la nieve.
Y me fui despacito hacia el Callejón de Bello, desde donde se tiene una visión muy hermosa del valle glaciario donde vivo: la Vega. 
Esta es zona de pastoreo, y entre las vacas y los caballos hay colonias de cauquenes y algunas garcitas increíblemente blancas. 
En las montañas el bosque reluce de verdes.
Llegué hasta el arroyo Maipú y en el puentecito angosto me quedé mirando pasar el agua. El aire es perfumado en esta época.
Fue ahí que acertó a pasar un paisano a caballo, con su posdata de perros. Saludó,- como corresponde a un jinete-, levantando su mano izquierda. Claro, en la derecha se tienen las riendas.
Yo saludé con mi derecha.
Lo vi irse al paso.
Y fue entonces que me iluminó la duda.
¿ Por qué cuando se es jinete se va a caballo y no en caballo?
A nadie se le ocurre ir a auto en vez de en auto.
Se me cruzó la idea de que se va en auto porque uno va adentro de una cosa.
Pero justo pasó una piba en bicicleta.
Y no a bicicleta.
En la bici no se va adentro de nada, sino afuera, igual que en moto.
Y descarté el adentro y el afuera en cuanto a ir a caballo.
Elucubrando esta incógnita empecé a volver, decidido a pasar por la carnicería del Chileno Gómez a comprar unos bifecitos y mi Clasic Old Bull de esta noche, porque ahí hay.
El Chileno Cómez tiene excelente carne, cortes de toda índole, y unas notables milanesas de pollo. Claro, cuando se acaban las instancias de cortes, uno apela a la suprema. Eso es ley.
Iba tratando de esquivar las piedras más grandes de las calles interiores del barrio, porque con las alpargatas, algunas duelen.
Y entonces se me ocurrió que uno va a caballo y no en caballo porque es trasladado por un animal.
Tampoco.
Porque cuando uno monta en burro, monta en burro. No a burro. Aunque sería más lógico que así fuera, ya que como es mucho más lento el andar uno tendería a aburrirse. Se convertiría en un aburrido y no en un enburrido.
Entré a lo del Chileno Gómez y salí con mi Classic Old Bull.
Había buenas milanesas de carne. Pero por ahora no puedo comer nada frito.
Y cerré mi caminata de la tarde volviendo para casa.
¿Será que los Granaderos a Caballo se llaman así porque vienen con dos huevos fritos encima, igual que las milanesas?
Y llegué a casa tarareando una canción de Los Chalcha. 
Rumbeando para Jáchal, montado en burro, talón y talón…yo me encontré a una dama, solita su alma por el cañadón.
Es un misterio que se ande a caballo.

Extrañas Sensaciones

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Extrañas sensaciones.
Por un lado fascinación por la erupción del volcán Copahue.
Episodios de la naturaleza que resultan un privilegio vivir.
Nos remiten a nuestra verdadera escala humana.
Nos atropellan la soberbia.
Por otro lado, lo terrenal.
Las comunidades y los crianceros.
Los pobladores expuestos a los posibles lahares y a la lluvia de materiales piroplásticos. A las cenizas que ya tuvimos durante un año.
¿ Qué nos quieren decir los volcanes?
Creo que tengo que escucharlos mejor cuando ande por esas laderas.

Hay Oficios Terrestres que Tienen su Magia


Hay oficios terrestres que tienen su magia.
Algunos casi han desaparecido.
Era tan sorprendente ver a un deshollinador en bicicleta, vestido de humo, con la cara negra y sus cepillos gigantes, que me acuerdo que decían que traían suerte.
La visión siempre era fugaz, onírica. Asombrosa.
Los imaginaba pintándose la cara a la mañana con corchos quemados como hacían las maestras con nosotros en las fiestas escolares para que tuviéramos bigotes y patillas de prócer.
También tenía la fantasía de que sus ropas eran todas negras y que trabajaban por las noches.
Cada vez que veía a un deshollinador, pedía en silencio tres deseos, igual que cuando cruzaba un puente y acertaba a pasar el tren.
Todas estas imágenes empezaron a rebotar en mi cabeza recién. Cuando terminé de deshollinar la chimenea de mi cocina económica y me senté en las tejuelas de alerce de mi techo, por encima de las copas de los abedules, a ver las montañas, el bosque y dos cascadas, y una nube enorme de tormenta que se viene por el lado del lago Lolog.
Era imprescindible limpiar la chimenea. Anoche apenas pude encender la leña y una humareda densa, invadió la casa.
Es hermoso estar allá arriba, sobre la cumbrera viendo todo. Y además, poder hacerlo. Claro que no me vio Julieta que tiene su cabañita al lado, ni acertó a pasar mi médico, porque me hubiera retado seriamente. Es mi primera hazaña después de la operación de intestinos.
Y hasta me di el gusto de saborear un Parissienne sobre mi techo, antes de tomar coraje para bajar.
Como no tengo escalera, armé un amontonamiento de objetos para poder subir.
Claro que al bajar uno no tiene a la vista ese acumulamiento, de modo que sin mover músculo alguno de mi panza me fui deslizando agarrado de las salientes de las tejuelas, y llegué al tronco que estaba arriba de un cajón que era sostenido por una silla que estaba sobre una mesa debajo de la vertical del alero del techo.
Sí. El final es imaginable. Pero aún así estoy entero.
Lo notable fue cuando entré a casa y casualmente me vi en el espejo. Con una caña colihue de tres metros en la mano, completamente tiznado de negro, con la ropa más negra que la cara, los pelos de intenso morochaje. Sólo se resaltaban los dientes y los ojos. Mis perros no me reconocieron.
Fue en ese momento que pedí un solo deseo.
Que todo ese carbón y hollín logre salir desaparecer debajo de la ducha, por lo menos en el mediano plazo.
A lo mejor me trae suerte haberme visto en el espejo.

domingo, 15 de octubre de 2017

Mi Perro Locuta


Resulta evidente que con nuestros compañeros animales hay un intercambio permanente. Una interacción que a veces hasta lleva a una mímesis. Mi compañero es Perrito. Una bestia de 60 kilos, socialmente incorrecto, que ama a los que ama y rechaza a los rechazables para él. Que disfruta la caricia, la comida, el silencio, la libertad, y que de noche, se desparrama y ronca. Hace todo a fondo. Corre a fondo, come como un dinosaurio, le encanta la cerveza,- en eso nos diferenciamos y por suerte no me pide vino-, que duerme como un rollizo de raulí, que necesita poco o nada. Que se arregla con lo que hay. Y que es feliz.
Mis cinco ex mujeres,- y algunas confusiones que he tenido que no las puedo categorizar como mis mujeres-, han dado testimonio de que cuando duermo, hablo. Mis hijos han dado cuenta que dormido he hecho programas enteros de radio, o recitado cosas que no me explico cómo guardo en el disco rígido. Como poemas en galaico portugués de Gonzalo de Berceo, o en ese dialecto negro- español llamado replana de Nicomedes Santa Cruz, o en perfecto castellano de Lorca, Machado, Guillén. Quién fuera una de mis mujeres se bancó una hora “Las Coplas del Payador Perseguido” de Yupanqui, recitadas mientras dormía. Menos mal que le encantaba….
Pero como hace algo más de cinco años duermo solo, con Perrito a los pies, no tengo testimonios de que hable dormido.
Pero hace unos días, un aspecto inusitado de las noches me alteró la situación.
En medio del sueño, me despierta una radio encendida. A bajo volumen si fuera de un vecino. Pero mi vecino más cercano está a cincuenta metros. Y cuando empiezo a escuchar eso es de noche. Es un locutor, que por la modulación es un adulto joven, que habla, hace pausas, usa muy bien los resonadores pero que no le puedo entender lo que dice. Como si estuviera mal sintonizado. Y me dí cuenta que empiezo a mezclar lo que soñaba, con lo que me parece entender que dice. De hecho, como estoy sumergido en un tema de una conferencia sobre protocartografía, antes de anoche me pareció que aludía a los viajes presuntos de los Templarios que partieron del Puerto de La Royelle en 1307- No lo puedo asegurar.
Pero anoche, mi descubrimiento fue mayúsculo. El que habla es mi perro. Locuta. No emite palabras, sino sonidos muy parecidos a las palabras y con una evidente modulación humana.
Y me pregunto….¿ Seguiré hablando dormido, haciendo programas de radio mientras duermo, y Perrito se mimetiza?
Anoche me acerqué hasta su hocico. Dormía como un poste. Y de él salía la emisión de la radio mal sintonizada.
Mi perro habla. Y locuta.
Tal vez deba volver a hacer radio.
Mi perro no, sino yo.

Invierno en La Patagonia


Cosas tradicionales del interior de nuestro país: en fechas patrias de come locro.
Y esta vez, con miras al 9 de julio, me propuse hacerlo en casa, con la cocina económica a leña.
La carne la tengo en el freezer porque se la compré al chileno Gómez en la 
carnicería de la vuelta de casa. De modo que fui por el resto de los ingredientes. 
Y al descargarlos de regreso a casa, me saltó la térmica. Fui sacando una a una 
las cosas: el maíz pisado blanco es de Chile. El paquete de porotos de alubia 
viene de España, la panceta ahumada procede de Brasil y la panceta cruda de Corea.
Me niego a hacer un locro patrio con esos ingredientes y sumarles la carne del 
chileno Gómez.
Creo que debo esperar al 2019 para hacer un locro patrio.
Descubro que funcioné casi correctamente. Al no tener el auto, no previne palear la nieve para hacerle un acceso frente a mi tranquera. Y lo más grave fue que no hice un acopio adecuado de puchos. Ahora mismo estoy fumando lo único que quedó en el barrio: unos espantosos cigarrillos finitos que se llaman Virginia y que al darles la primera pitada se descubre por qué era el único atado que había quedado. 
Los distribuidores no pueden llegar por el estado de los caminos. También descubrí que los borcegos necesitan un mantenimiento de grasa siliconada 
para que el agua que emana de la nieve no se filtre por las costuras.
Aprendizajes.
También advertí que resulta inútil tratar de inculcarle a Perrito,- mi compañero-, el hábito de la lectura-. Se niega. No sabe lo que se pierde en tardes de leña encendida.
Y hablando de leña, mañana debo picar más y hacer acopio adentro de casa para que se seque.
Cosas sencillas del invierno en la Patagonia.

Ovejas




Esto me pasó ayer camino al Volcán Lanín en Bahía Cañicul. Mientras el grupo estaba en el comedor, salí a fumar un parisiennes y se me ocurrió llamar a una oveja de las tantas que había por ahí. "Ove....Ove...." Sí, como in estúpido. La sorpresa no fue que vino, sino que todas las demás, también. Y terminé abrazado y haciéndole mimos a una resma de ovejas de esta familia Mapuche.
Muy feliz. Si los animales me consideran un igual, es que estoy en el camino correcto.

Fenómeno Notable


Anoche hubo un fenómeno notable en el cielo. A la medianoche, terminábamos una cena de guitarra y guiso con dos amigos, y Perrito me pidió salir a mear. El cielo de barrio de pueblo patagónico se me vino encima. Pero lo extrañísimo es que los astros de mayor magnitud se veían como con otro astro menor,- de otro color-, casi encima. Duplicados. Como si fueran estrellas dobles virtuales. Advierto que no estábamos en pedo. Salimos al jardín de atrás donde hay aún más terreno, pude contar hasta treinta astros "duplicados". Me contacté de inmediato con amigos y conocidos de Salta, de Ushuaia, de Mar del Plata, Buenos Aires y de otros sitios para ver si el fenómeno era generalizado. Algunos siguieron durmiendo, otros empezaron a preguntarme cosas ridículas en vez de salir a ver. otros salieron. En Iruya, Salta, el cielo estaba normal. En Ushuaia, también. Para intentar descifrar si era o no un fenómeno local, llamé a amigos del pueblo. Uno de ellos comprobó la observación. Otro salió para la costa del lago Lácar para comprobarlo y aún no tengo información. El extraño fenómeno siguió. A la una y media de la mañana me fui a dormir.
Descarto cualquier distorsión óptica de la atmósfera. No tengo la menor idea qué puede hacer producido ese espectáculo único y extrañamente inédito. Si alguien tuvo el privilegio de levantar la cabeza hacia el cielo anoche y vio lo que vimos en este rinconcito del planeta, le pido que escriba.

Anoche No Lo Intuí


Anoche no lo intuí.
Dormía como de roble pellín y era la medianoche. Perrito roncaba a los pies de la cama.
De repente, un extraño sonido emergió del baño. Como un golpe y rebote. Seco, vigoroso, inesperado.
Me levanté como un resorte especulando sobre el origen de semejante impertinencia. Y Perrito no sabía a qué debía ladrarle.
Entré al baño y descubrí que el pan de jabón Lux que lo había dejado reposando en una esquina del lavatorio había decidido deslizarse. Y lo hizo de tal modo que aprovechando la curvatura de la cavidad del lavatorio, ganó altura y salió despedido hacia el sector de la ducha.
Cavilé.
Y llegué a la conclusión de que aún los jabones Lux carecen de capacidad de decisión propia como para movilizarse a esa hora de la medianoche.
"Sismo", me dije.
Y era cierto. Un 4.2 a sólo 30 km de mi pueblo.
De modo que el Jabón Lux de tocador, además de ser el elegido por nueve de cada diez estrellas de cine, funciona como sismófono.
Toda una novedad.

Limpiar los Vidrios


Hacía demasiado tiempo que estaba demorando la decisión. Las causas eran múltiples: las lluvias del otoño, las nevadas del invierno, la ceniza volada de los últimos vulcanismos, el viento sobre mi calle de tierra.
La verdad era que había que tomar coraje y atacar una labor que no me gusta hacer: limpiar los vidrios. Sobre todo los de mi lugar en la casa. El jardín de invierno, donde está la biblioteca, mi mesa de dibujo, la computadora, la música, mis piedras y cristales, la enorme pluma de cóndor que una vez encontré en una montaña….En fin. Mi sitio.
Fui al super del otro lado de la ruta y como para que no existiera posibilidad de excusa me traje un aparato de Míster Músculo limpia vidrios, con un adminículo rociador totalmente antiestético. El producto generaba aun aspecto de arrasador de la mugre, y eso me dio cierto impulso.
Una vez en casa, hice otra acción épica. Saqué las cortinas y las lavé. Jabón en polvo y lavandina. El agua fue saliendo violeta y no me explico la causa, porque las cortinas son blancas. O mejor dicho, empezaron a volver a serlo.
Con el Míster Músculo en mano, una esponja, un repasador y abundante papel del Diario Río Negro empezó el ataque. El jardín de invierno tiene 16 grandes paneles de vidrio, por lo que decidí empezar a limpiarlos por adentro. Y después seguí por afuera.
Noté que una vez que limpiaba los vidrios de adentro y parecían impolutos, al salir se notaban los errores teniendo la visión del otro lado. Y ahí me atacó la idea de lo importante que es ponerse del otro lado para ver la realidad cuando desde el sitio de uno todo parece perfecto.
Ya completamente lanzado a la batalla y enceguecido con los presuntos resultados, empecé a entrar y salir de casa para limpiar y corregir errores. Hasta que coincidiendo con lo que creí que era el final, se acabó el Míster Músculo y también el Diario Río Negro.
Ya está, me dije.
Y entré.
Perplejo por la abundancia de luz que entraba al jardín de invierno, me sentí casi enceguecido. Me senté en un sillón y prendí un Parissienne, mientras un universo fascinante se encendió por detrás de los ventanales. Se veían con el más mínimo detalle las montañas del Cordón Chapelco, los bosques de roble pellín y de ciprés, las casitas del barrio de enfrente colgadas de las laderas. Pasó fugazmente un pájaro y hasta pude identificarlo: un diucón de ojo colorado.
La heroica limpieza de vidrios había sido consumada, y la retribución por este ímprobo esfuerzo fue maravillosa. Lógicamente, se me vino de inmediato a la cabeza la sentencia de Luis Aragón en sus Manifiestos del Surrealismo en el año 20: “Si lo que ves no es maravilloso, la visión es falsa”.
Parece que lo hubiera escrito en mi pueblo en primavera.

La Computadora


Anoche dormí con una profundidad, y a su vez, una levedad maravillosa. 
Los perros me despertaron temprano subiéndose a la cama.
Mimos mutuos de la mañana, y empezó la rutina de levantarme, porque en esta instancia me dejo actuar automáticamente. Me vestí y mientras lo hacía, saboreaba las imágenes de mi último sueño. Pude reconstruir que había andado en pucarás de altura de los que hay en nuestras cordilleras, experimentando el éxtasis de la contemplación. Y de a poco, y avanzando sin apuro en la reconstrucción, reviví la hipótesis que andaba en mi cabeza durante el sueño: que la disminución del oxígeno en la alta montaña resulta un aporte natural para alcanzar el éxtasis contemplativo.
Mientras juntaba los pedazos de sensaciones y emociones de mi sueño, prendí el fuego y puse café y la comida de los perros, no sin antes correr la cortina y verificar que la helada de esta mañana no había sido tan brutal como la de ayer.
La casa estaba calentita, y fue entonces que decidí bañarme, pero antes apreté el botón de encendido de la computadora para que se vaya abriendo y ver luego las novedades. 
El agua de la ducha salía deliciosamente tibia. El silencio de mi barrio un domingo temprano es de una calidad notable. Sólo el canto de alguna loica y el graznido de una bandurria mañanera.
Fue entonces cuando se produjo algo que me impactó seriamente.
Entre el sonido de la ducha, escuché muy clara, la voz de una mujer adentro de mi casa.
Imposible.
Presté toda la atención de la que soy capaz de juntar y salí semienjabonado a develar el misterio.
Mis perros me miraban con asombro, pero la actitud era inequívoca: ellos no habían escuchado nada, y su conducta era la normal. 
Pero la voz, yo la había escuchado.
La puerta estaba cerrada, y mi hija Julieta duerme hasta muy tarde en su cabañita de al lado los domingos. Además, la voz no era juvenil.
Empecé por mi dormitorio, después por el jardín de invierno. Luego por el dormitorio chico de la planta baja, y decidí subir al altillo. Allí tenía que estar la respuesta a este misterio. Llegué hasta arriba y encendí de golpe la luz como para sorprender a quien se escondiera allí.
Pero no estaba la mujer.
Volví a la ducha a terminar de enjuagarme con toda la atención puesta en los sonidos y con el cerebro especulando en la posibilidad de que se haya tratado de una alucinación, o tal vez de una advertencia sobre mi recalcitrante ermitañismo y mi negativa a fracasar una vez más con todo éxito en cuanto a una eventual nueva pareja. Y me pregunté si esa voz, claramente femenina, no habría sido un aviso del riesgo de entrar en la misoginia.
Le di de comer a los perros, me serví el café y enfrenté esta computadora, impactado por la inusual manera de empezar el día.
Moví el mouse para activarla.
Y ahí se develó el secreto.
Apareció un cartelito en la pantalla.
Y la voz de mujer que había escuchado en la ducha sonó clara.
“La base de virus ha sido correctamente actualizada”.

Crónica de Mi Llegada Hasta El Cerco del Fondo


Me di cuenta que el pasto de atrás de casa estaba demasiado alto la semana pasada. Ya me costaba encontrar a los perros. Y hoy al ventilar el dormitorio y abrir la ventana que da al fondo, algunos pastos lograron inclinarse hacia el interior, de modo que pude estimar su altura en más de un metro.
Si Alvar Núñez Cabeza de Vaca logró atravesar la selva brasileña hasta el Paraguay, y no tenía bordeadora, me dije, ¿por qué iba a amilanarme ante el desafío de la espesura?
De modo que me vestí con la peor ropa posible, me encomendé al Altísimo, y en nombre de Su Majestad conecté el extremo de tres prolongadores a la maquinita dispuesto a atravesar los ignotos territorios cerriles con el fin último de acceder a los confines de mis posesiones.
Inicialmente, el avance fue dificultoso. Pero las penurias sólo lograron templar mi ánimo. Encomendado como estaba al Altísimo,- al altísimo pasto, por supuesto-, fui abatiendo los salvajes vegetales en una trayectoria zigzagueante, dando bordadas como las naos en la mar abierta con vientos de través.
La Providencia puso en mi derrotero diferentes tesoros que fueron estimulando mis fuerzas y me apuntalaron para no cejar en el esfuerzo.
Lo primero que apareció debajo de los pastos fue un cuchillo de mango de madera junto a un balde metálico. Vaya a saber el tiempo que estas pertenencias habían caído en poder de la espesura. Retomé la posesión de ellas, y a poco, apareció ennegrecida por el tiempo y la intemperie, una tenaza extraviada por lapso inmemorial.
A las dos horas de agotadora travesía y de lucha desigual contra el enemigo verde, llegué finalmente a la conquista del objetivo: alcancé a acceder al cerco de atrás habiendo abatido la totalidad de los pastizales y alzando la vista sobre la renacida planicie de mis heredades con el ánimo complacido y la musculatura extenuada.
Celebrando la conquista y dando por terminada la heroica gesta, llegó el momento del inventario de los hallazgos. Además de los ya citados tesoros consistentes en cuchillo, balde y tenaza, se sumaron una fuente chica para horno, una maceta marrón, una sopapa en buen estado de conservación, un tapper azul con tapa y todo, un par de anteojos de lectura que había perdido alguna vez y una llave de mi casa extraviada desde tiempos lejanos.
Junto a los recuperados bienes y habiendo aportado civilización a mis territorios, fue el momento consagratorio de encender un parisienne ante la contemplación de la labor cumplida.
Lo que no logro encontrar ahora es el ibuprofeno para el dolor de espaldas.
Pero ya va a aparecer.

Episodio de Esta Mañana con Perrito


Perrito es bueno. Lo comprendo en su locura infinita. Lo amo cuando se desparrama por las noches en mi cama, cuatro patas hacia arriba y ronca como un aserradero. O cuando juega tiernamente con su pelota amarilla maciza que le traje en mi último viaje. Y desde hace algo más de un mes, que mis dos perras partieron, quedamos solos.
Bestia negra con las manos blancas, mezcla explosiva de bóxer y labrador pesa 52 kilos. Es todo músculo. Por su color y por mi vinculación con Parques Nacionales, le cayó el nombre de Perrito Moreno. Pero como la figura de este personaje de la historia no me es para nada grata, le quedó Perrito. Por su capacidad de escaparse volando por encima de todos los cercos y por su vocación por masticar motociclistas, estuvo en cana diez días. Juzgado y multa de por medio, logré que recuperara la libertad bajo una probation por ser “perro mordedor”. Una cadena de buenos eslabones, unida por un mosquetón de barco a una doble correa, y un hierro del 12 sepultado un metro con sesenta bajo tierra, lo mantiene de día en un área del fondo del jardín bastante amplia: de unos 8 metros de diámetro. A la tarde lo entro a casa. La obra para que no esté más atado,- o sea llevar los cercos a un metro con ochenta-, empieza a mediados de enero. Ya está presupuestada.
Ahora bien, por la mañana, bordeadora en mano, ataqué una zona del jardín donde está Perrito, y donde las herbáceas habían alcanzado una altura monumental. Fui avanzado heroicamente en esa espesura que dí en llamar “Area Fitogeográfica de los Macropastizales”, ante los infructuosos intentos de Perrito de devorarse la bordeadora. Hasta ahí todo normal.
Pero la bestia, con los tirones, logró romper la cadena y arrancó a toda velocidad contra la tranquerita de mi casa. En vez de saltarla, la hizo fácil: le pegó a la velocidad con la que venía un golpe con el pecho y volaron los bulones que unen las bisagras de hierro con la tranquera. Y al galope tendido, arrastrando un pedazo de cadena, empezó a hacer estropicios por el barrio.
Logré abrir la heladera y manotear una salchicha como posible cebo para atraerlo. Y blandiendo la salchicha, salí a tratar de capturarlo al grito de “Perrito, Perrito”. Por supuesto que no me dio ni cinco de bola y se peleó hasta con los árboles. Los vecinos empezaron a salir de sus casas. A los tres cuartos de hora de persecución, ya habíamos logrado reducir el teatro de operaciones a una cuadra. Mientras tres muchachos desviaban el tránsito sobre la calle Quinquela Martín hacia Soldi, otros cuatro cerraban el frente de escape de Quinquela Martín hacia la Ruta 40. Y en el medio estábamos Perrito, yo, y la salchicha. Claro, Perrito se fue cansando. Y yo, ni les cuento. En un momento, la bestia se trenzó con otros dos perros, que afortunadamente estaban detrás del cerco de su casa y pude acercarme a casi un metro. En cuanto se dio cuenta de mi proximidad, giró y arrancó velozmente pasando cerca mío. Ahí fue cuando,- gracias a mis años de rugby, me lancé en el aire y le apliqué un tackle francés levantándole una pata de atrás en plena carrera. Y se fue de trompa adentro de una zanja completamente llena de agua estancada. Será porque el agua estaba fría, o por la sorpresa de lo certero de mi maniobra, Perrito se demoró un par de segundos adentro de la zanja, lo que aproveché para volar sobre él y capturarlo por el collar, entre los aplausos cerrados del público presente. Emergimos completamente embarrados y pestilentes del interior de la zanja. Agotados ambos. Yo ya sin la salchicha en la mano, que vaya a saber a dónde voló con mis tackles. Y lo traje triunfal a casa para retarlo como es menester, arreglar la cadena, y depositarme más de media hora debajo de la ducha. Ahora está tranquilisimo, durmiendo la siesta al sol.
Y yo estoy agotado.
Pero es mi compañero. En el fondo, Perrito es bueno.