domingo, 15 de octubre de 2017

La Computadora


Anoche dormí con una profundidad, y a su vez, una levedad maravillosa. 
Los perros me despertaron temprano subiéndose a la cama.
Mimos mutuos de la mañana, y empezó la rutina de levantarme, porque en esta instancia me dejo actuar automáticamente. Me vestí y mientras lo hacía, saboreaba las imágenes de mi último sueño. Pude reconstruir que había andado en pucarás de altura de los que hay en nuestras cordilleras, experimentando el éxtasis de la contemplación. Y de a poco, y avanzando sin apuro en la reconstrucción, reviví la hipótesis que andaba en mi cabeza durante el sueño: que la disminución del oxígeno en la alta montaña resulta un aporte natural para alcanzar el éxtasis contemplativo.
Mientras juntaba los pedazos de sensaciones y emociones de mi sueño, prendí el fuego y puse café y la comida de los perros, no sin antes correr la cortina y verificar que la helada de esta mañana no había sido tan brutal como la de ayer.
La casa estaba calentita, y fue entonces que decidí bañarme, pero antes apreté el botón de encendido de la computadora para que se vaya abriendo y ver luego las novedades. 
El agua de la ducha salía deliciosamente tibia. El silencio de mi barrio un domingo temprano es de una calidad notable. Sólo el canto de alguna loica y el graznido de una bandurria mañanera.
Fue entonces cuando se produjo algo que me impactó seriamente.
Entre el sonido de la ducha, escuché muy clara, la voz de una mujer adentro de mi casa.
Imposible.
Presté toda la atención de la que soy capaz de juntar y salí semienjabonado a develar el misterio.
Mis perros me miraban con asombro, pero la actitud era inequívoca: ellos no habían escuchado nada, y su conducta era la normal. 
Pero la voz, yo la había escuchado.
La puerta estaba cerrada, y mi hija Julieta duerme hasta muy tarde en su cabañita de al lado los domingos. Además, la voz no era juvenil.
Empecé por mi dormitorio, después por el jardín de invierno. Luego por el dormitorio chico de la planta baja, y decidí subir al altillo. Allí tenía que estar la respuesta a este misterio. Llegué hasta arriba y encendí de golpe la luz como para sorprender a quien se escondiera allí.
Pero no estaba la mujer.
Volví a la ducha a terminar de enjuagarme con toda la atención puesta en los sonidos y con el cerebro especulando en la posibilidad de que se haya tratado de una alucinación, o tal vez de una advertencia sobre mi recalcitrante ermitañismo y mi negativa a fracasar una vez más con todo éxito en cuanto a una eventual nueva pareja. Y me pregunté si esa voz, claramente femenina, no habría sido un aviso del riesgo de entrar en la misoginia.
Le di de comer a los perros, me serví el café y enfrenté esta computadora, impactado por la inusual manera de empezar el día.
Moví el mouse para activarla.
Y ahí se develó el secreto.
Apareció un cartelito en la pantalla.
Y la voz de mujer que había escuchado en la ducha sonó clara.
“La base de virus ha sido correctamente actualizada”.

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