Después de un almuerzo gourmet decidí disfrutar una siesta. Afuera hacía verdaderamente fresco y llovía. Con el agua, los cerezos del jardín y mi manzano se veían felices. Los frutos rojos del corinto que crecen alrededor del cerco relucían. Mis dos perras se negaron a salir, y entonces tomé la decisión de entrar a Perrito, que de día está afuera por ser socialmente incorrecto.
Siesta feliz. Desparramado. Hasta que empecé a percibir que algo sospechoso estaba ocurriendo. Mis tres perros roncaban de placer, pero un excesivo silencio afuera de casa me despertó y me puso alerta. Ni siquiera se escuchaba el leve toque de las gotas de lluvia contra mi techo de tejuelas viejas de alerce. Nada.
Dos cucharadas de dulce de leche fueron suficientes para esa transición entre el recién despertarse y la vigilia completa. Y Perrito me pidió salir. Lo agarré del collar, abrí la puerta para salir al jardín….y ahí encontré la respuesta a mis sospechas.
Todo nevado.
Las montañas, los bosques…todo nevado.
Claro. Lo que me despertó es ese silencio con eco que se produce cuando nieva.
Y todo está blanco hasta cotas bastante bajas.
Una nevada de fin de año.
Como para poner en blanco la vida y resetearla.
De modo que entré, encendí la leña y aquí estoy tomando un café y viendo desde mi jardín de invierno este insólito panorama de 31 de diciembre por la tarde.
Cosa y no creer...¿vió?
No hay comentarios:
Publicar un comentario