Perrito es bueno. Lo comprendo en su locura infinita. Lo amo cuando se desparrama por las noches en mi cama, cuatro patas hacia arriba y ronca como un aserradero. O cuando juega tiernamente con su pelota amarilla maciza que le traje en mi último viaje. Y desde hace algo más de un mes, que mis dos perras partieron, quedamos solos.
Bestia negra con las manos blancas, mezcla explosiva de bóxer y labrador pesa 52 kilos. Es todo músculo. Por su color y por mi vinculación con Parques Nacionales, le cayó el nombre de Perrito Moreno. Pero como la figura de este personaje de la historia no me es para nada grata, le quedó Perrito. Por su capacidad de escaparse volando por encima de todos los cercos y por su vocación por masticar motociclistas, estuvo en cana diez días. Juzgado y multa de por medio, logré que recuperara la libertad bajo una probation por ser “perro mordedor”. Una cadena de buenos eslabones, unida por un mosquetón de barco a una doble correa, y un hierro del 12 sepultado un metro con sesenta bajo tierra, lo mantiene de día en un área del fondo del jardín bastante amplia: de unos 8 metros de diámetro. A la tarde lo entro a casa. La obra para que no esté más atado,- o sea llevar los cercos a un metro con ochenta-, empieza a mediados de enero. Ya está presupuestada.
Ahora bien, por la mañana, bordeadora en mano, ataqué una zona del jardín donde está Perrito, y donde las herbáceas habían alcanzado una altura monumental. Fui avanzado heroicamente en esa espesura que dí en llamar “Area Fitogeográfica de los Macropastizales”, ante los infructuosos intentos de Perrito de devorarse la bordeadora. Hasta ahí todo normal.
Pero la bestia, con los tirones, logró romper la cadena y arrancó a toda velocidad contra la tranquerita de mi casa. En vez de saltarla, la hizo fácil: le pegó a la velocidad con la que venía un golpe con el pecho y volaron los bulones que unen las bisagras de hierro con la tranquera. Y al galope tendido, arrastrando un pedazo de cadena, empezó a hacer estropicios por el barrio.
Logré abrir la heladera y manotear una salchicha como posible cebo para atraerlo. Y blandiendo la salchicha, salí a tratar de capturarlo al grito de “Perrito, Perrito”. Por supuesto que no me dio ni cinco de bola y se peleó hasta con los árboles. Los vecinos empezaron a salir de sus casas. A los tres cuartos de hora de persecución, ya habíamos logrado reducir el teatro de operaciones a una cuadra. Mientras tres muchachos desviaban el tránsito sobre la calle Quinquela Martín hacia Soldi, otros cuatro cerraban el frente de escape de Quinquela Martín hacia la Ruta 40. Y en el medio estábamos Perrito, yo, y la salchicha. Claro, Perrito se fue cansando. Y yo, ni les cuento. En un momento, la bestia se trenzó con otros dos perros, que afortunadamente estaban detrás del cerco de su casa y pude acercarme a casi un metro. En cuanto se dio cuenta de mi proximidad, giró y arrancó velozmente pasando cerca mío. Ahí fue cuando,- gracias a mis años de rugby, me lancé en el aire y le apliqué un tackle francés levantándole una pata de atrás en plena carrera. Y se fue de trompa adentro de una zanja completamente llena de agua estancada. Será porque el agua estaba fría, o por la sorpresa de lo certero de mi maniobra, Perrito se demoró un par de segundos adentro de la zanja, lo que aproveché para volar sobre él y capturarlo por el collar, entre los aplausos cerrados del público presente. Emergimos completamente embarrados y pestilentes del interior de la zanja. Agotados ambos. Yo ya sin la salchicha en la mano, que vaya a saber a dónde voló con mis tackles. Y lo traje triunfal a casa para retarlo como es menester, arreglar la cadena, y depositarme más de media hora debajo de la ducha. Ahora está tranquilisimo, durmiendo la siesta al sol.
Y yo estoy agotado.
Pero es mi compañero. En el fondo, Perrito es bueno.
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