Hay oficios terrestres que tienen su magia.
Algunos casi han desaparecido.
Era tan sorprendente ver a un deshollinador en bicicleta, vestido de humo, con la cara negra y sus cepillos gigantes, que me acuerdo que decían que traían suerte.
La visión siempre era fugaz, onírica. Asombrosa.
Los imaginaba pintándose la cara a la mañana con corchos quemados como hacían las maestras con nosotros en las fiestas escolares para que tuviéramos bigotes y patillas de prócer.
También tenía la fantasía de que sus ropas eran todas negras y que trabajaban por las noches.
Cada vez que veía a un deshollinador, pedía en silencio tres deseos, igual que cuando cruzaba un puente y acertaba a pasar el tren.
Todas estas imágenes empezaron a rebotar en mi cabeza recién. Cuando terminé de deshollinar la chimenea de mi cocina económica y me senté en las tejuelas de alerce de mi techo, por encima de las copas de los abedules, a ver las montañas, el bosque y dos cascadas, y una nube enorme de tormenta que se viene por el lado del lago Lolog.
Era imprescindible limpiar la chimenea. Anoche apenas pude encender la leña y una humareda densa, invadió la casa.
Es hermoso estar allá arriba, sobre la cumbrera viendo todo. Y además, poder hacerlo. Claro que no me vio Julieta que tiene su cabañita al lado, ni acertó a pasar mi médico, porque me hubiera retado seriamente. Es mi primera hazaña después de la operación de intestinos.
Y hasta me di el gusto de saborear un Parissienne sobre mi techo, antes de tomar coraje para bajar.
Como no tengo escalera, armé un amontonamiento de objetos para poder subir.
Claro que al bajar uno no tiene a la vista ese acumulamiento, de modo que sin mover músculo alguno de mi panza me fui deslizando agarrado de las salientes de las tejuelas, y llegué al tronco que estaba arriba de un cajón que era sostenido por una silla que estaba sobre una mesa debajo de la vertical del alero del techo.
Sí. El final es imaginable. Pero aún así estoy entero.
Lo notable fue cuando entré a casa y casualmente me vi en el espejo. Con una caña colihue de tres metros en la mano, completamente tiznado de negro, con la ropa más negra que la cara, los pelos de intenso morochaje. Sólo se resaltaban los dientes y los ojos. Mis perros no me reconocieron.
Fue en ese momento que pedí un solo deseo.
Que todo ese carbón y hollín logre salir desaparecer debajo de la ducha, por lo menos en el mediano plazo.
A lo mejor me trae suerte haberme visto en el espejo.
Algunos casi han desaparecido.
Era tan sorprendente ver a un deshollinador en bicicleta, vestido de humo, con la cara negra y sus cepillos gigantes, que me acuerdo que decían que traían suerte.
La visión siempre era fugaz, onírica. Asombrosa.
Los imaginaba pintándose la cara a la mañana con corchos quemados como hacían las maestras con nosotros en las fiestas escolares para que tuviéramos bigotes y patillas de prócer.
También tenía la fantasía de que sus ropas eran todas negras y que trabajaban por las noches.
Cada vez que veía a un deshollinador, pedía en silencio tres deseos, igual que cuando cruzaba un puente y acertaba a pasar el tren.
Todas estas imágenes empezaron a rebotar en mi cabeza recién. Cuando terminé de deshollinar la chimenea de mi cocina económica y me senté en las tejuelas de alerce de mi techo, por encima de las copas de los abedules, a ver las montañas, el bosque y dos cascadas, y una nube enorme de tormenta que se viene por el lado del lago Lolog.
Era imprescindible limpiar la chimenea. Anoche apenas pude encender la leña y una humareda densa, invadió la casa.
Es hermoso estar allá arriba, sobre la cumbrera viendo todo. Y además, poder hacerlo. Claro que no me vio Julieta que tiene su cabañita al lado, ni acertó a pasar mi médico, porque me hubiera retado seriamente. Es mi primera hazaña después de la operación de intestinos.
Y hasta me di el gusto de saborear un Parissienne sobre mi techo, antes de tomar coraje para bajar.
Como no tengo escalera, armé un amontonamiento de objetos para poder subir.
Claro que al bajar uno no tiene a la vista ese acumulamiento, de modo que sin mover músculo alguno de mi panza me fui deslizando agarrado de las salientes de las tejuelas, y llegué al tronco que estaba arriba de un cajón que era sostenido por una silla que estaba sobre una mesa debajo de la vertical del alero del techo.
Sí. El final es imaginable. Pero aún así estoy entero.
Lo notable fue cuando entré a casa y casualmente me vi en el espejo. Con una caña colihue de tres metros en la mano, completamente tiznado de negro, con la ropa más negra que la cara, los pelos de intenso morochaje. Sólo se resaltaban los dientes y los ojos. Mis perros no me reconocieron.
Fue en ese momento que pedí un solo deseo.
Que todo ese carbón y hollín logre salir desaparecer debajo de la ducha, por lo menos en el mediano plazo.
A lo mejor me trae suerte haberme visto en el espejo.

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