Hacía demasiado tiempo que estaba demorando la decisión. Las causas eran múltiples: las lluvias del otoño, las nevadas del invierno, la ceniza volada de los últimos vulcanismos, el viento sobre mi calle de tierra.
La verdad era que había que tomar coraje y atacar una labor que no me gusta hacer: limpiar los vidrios. Sobre todo los de mi lugar en la casa. El jardín de invierno, donde está la biblioteca, mi mesa de dibujo, la computadora, la música, mis piedras y cristales, la enorme pluma de cóndor que una vez encontré en una montaña….En fin. Mi sitio.
Fui al super del otro lado de la ruta y como para que no existiera posibilidad de excusa me traje un aparato de Míster Músculo limpia vidrios, con un adminículo rociador totalmente antiestético. El producto generaba aun aspecto de arrasador de la mugre, y eso me dio cierto impulso.
Una vez en casa, hice otra acción épica. Saqué las cortinas y las lavé. Jabón en polvo y lavandina. El agua fue saliendo violeta y no me explico la causa, porque las cortinas son blancas. O mejor dicho, empezaron a volver a serlo.
Con el Míster Músculo en mano, una esponja, un repasador y abundante papel del Diario Río Negro empezó el ataque. El jardín de invierno tiene 16 grandes paneles de vidrio, por lo que decidí empezar a limpiarlos por adentro. Y después seguí por afuera.
Noté que una vez que limpiaba los vidrios de adentro y parecían impolutos, al salir se notaban los errores teniendo la visión del otro lado. Y ahí me atacó la idea de lo importante que es ponerse del otro lado para ver la realidad cuando desde el sitio de uno todo parece perfecto.
Ya completamente lanzado a la batalla y enceguecido con los presuntos resultados, empecé a entrar y salir de casa para limpiar y corregir errores. Hasta que coincidiendo con lo que creí que era el final, se acabó el Míster Músculo y también el Diario Río Negro.
Ya está, me dije.
Y entré.
Perplejo por la abundancia de luz que entraba al jardín de invierno, me sentí casi enceguecido. Me senté en un sillón y prendí un Parissienne, mientras un universo fascinante se encendió por detrás de los ventanales. Se veían con el más mínimo detalle las montañas del Cordón Chapelco, los bosques de roble pellín y de ciprés, las casitas del barrio de enfrente colgadas de las laderas. Pasó fugazmente un pájaro y hasta pude identificarlo: un diucón de ojo colorado.
La heroica limpieza de vidrios había sido consumada, y la retribución por este ímprobo esfuerzo fue maravillosa. Lógicamente, se me vino de inmediato a la cabeza la sentencia de Luis Aragón en sus Manifiestos del Surrealismo en el año 20: “Si lo que ves no es maravilloso, la visión es falsa”.
Parece que lo hubiera escrito en mi pueblo en primavera.
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