jueves, 19 de octubre de 2017

Reloj Despertador - Parte I

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No suelo vincularme emocionalmente con los objetos. Hay pocos con los que ese fenómeno se produce y terminaron siendo entrañables: mi Victorinox, un pingüino para servir vino malo con hielo, mi matra que pesa una tonelada y que fue tejida por una anciana Mapuche de Aucapán Abajo, mi viejo sombrero de Guardaparque, mi machete, una pluma de cóndor, y pocas cosas más.
Ocurre que creo que hoy recibí un pequeño objeto que va camino a vincularse con mis emociones. Espero que sean amorosas. Se trata de un pequeño despertador blanco con dos campanitas que compró mi hija Julieta para que no la molestara más pidiéndole que me ponga el despertador del celular.
Es un reloj extraño. Singular. Primero porque no lleva pilas. Es acuerda. Y de inmediato pensé que en tanto acuerda debe ser conciliador o bien tener memoria. Ambas virtudes las valoro. Y su singularidad también se nota en su funcionamiento. Debe ser de una tecnología secreta y superior, porque anda bastante más rápido que los demás relojes que tengo que no son despetadores. Cada cinco horas y media, éste anda seis.
Lo tengo a prueba. Lo puse a las siete de la mañana para poder despertarme suficientemente, darle de comer a mis perros, tomar un café y organizar algo la casa, antes de bajar al pueblo para salir a guiar a Villa La Angostura por la Ruta de los Siete Lagos a las 8 y cuarto de la mañana. Vamos a ver cómo se comporta. Porque o se incorpora a mis emociones o lo hiervo.

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