martes, 17 de octubre de 2017

Aerobic

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Costanera del Lago Lacar - San Martín de Los  Andes

Me levanté como si lo hubiera decidido mientras dormía. Le di de comer a los perros, y mientras tomaba un café me puse ropa cómoda y zapatos de montaña- La mañana, transparente y serena.
A las ocho arranqué el auto. Ni un alma en ningún sitio. “Felicidades, Don Caletti”, le dijo el cana de tránsito cuando pasé frente a la caminera, probablemente atónito de verme pasar a esa extraña hora vestido casi de niño explorador.
Estacioné en la costanera.
El Lácar estaba magnífico. El aire amigable y pacífico. Algunos patos maiceros mezclados con un cormorán de agua dulce, buscaban alimento cerca de la playa. Me bajé, estiré los brazos y las piernas, miré todo alrededor y empecé a caminar en subida por la Ruta de los Siete Lagos con destino a Catritre.
Al principio, todo lo percibí en planos generales. Las laderas del cerro Curruhuinca, el verde perfecto del lago, las montañas nevadas en el fondo marcando el límite con Chile, el cipresal puro a la izquierda, y los bosques mixtos sobre el morro de Las Bandurrias.
Necesitaba caminar. Que el conocimiento que tiene el aire me circule. Me toque. Y estar solo, sin guiar a nadie.
Necesitaba guiarme.
Me fascinó el aroma dulce de la rosa mosqueta mezclado con el perfume ácido del pañil. Sobrevolaban a mi paso y se iban.
Logré enseguida ese estado casi hipnótico de caminar en forma sostenida y rítmica. El placer empezó a invadirme, mientras los planos de percepción se hacían más cortos. Al principio fue el planeo perfecto de una gaviota sobre el verde del lago. Las vetas de minerales cuarcíferos en las rocas del faldeo del camino. El gesto del tallo de un pañil.
Y seguí la marcha.
Acomodé finalmente la respiración a esa danza incomprensible que es andar y entonces fueron apareciendo planos más cortos. El vuelo eléctrico de las golondrinas, la acrobacia de los abejorros para polinizar las retamas, o el brillo íntimo y fugaz del borde de una hoja de álamo plateado que alguien plantó junto a un rezatorio al Gauchito Gil.
Y paré a unos cuatro kilómetros después de subir, en un divisadero sobre el lago.
Y desde la profundo del disfrute de lo micro, respiré profundo y me junté con la abrumadora magnitud del espacio, las montañas en perspectiva, las penínsulas sensuales, el cielo cóncavo, el agua tendida abajo como una sábana profunda.
Ejercicio fractáltico.
Y ahí quedé, pendulando entre lo micro y lo macro, en ese trapecio de los opuestos, en donde la acrobacia inevitable es la del asombro.
No me di cuenta que casi pasó una hora.
Pero el descenso fue más sencillo, despidiéndome de las vetas de cuarzo, de los abejorros, de las gaviotas y las golondrinas, del cipresal puro y la nobleza del aire.
Con el placer de haber elongado la neurona.
Empecé una mañana hermosa.
Creo que a eso le dicen hacer aerobic.

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