jueves, 22 de noviembre de 2018

Caer para Arriba




Bajando del Paimún, el camino zigzaguea junto al lago Huechulafquen. El bosque alto de cóihues y pehuenes filtra el sol de la tarde, y algunos rayos crean el efecto de las estampitas.
Pasando la vieja seccional de Guardaparques de Las Coloradas, ya sé que falta poco para que cambie el lenguaje de la naturaleza y se abra la maravillosa espinidad de la estepa.Por el retrovisor noto que me sigue el Volcán Lanín.
En el auto suena La Juntada, y en las curvas y contracurvas se establece una verdadera complicidad con el ritmo de la zamba.
“Yo sería capaz….de cantar…todita la noche pa verte bailar…Mientras bailas voy bebiendo el aire que dejas al pasar”.
Y así llego al punto en que me despido del bosque. Al frente se abre un sitio con enigma. Una curva a izquierda y una suave trepada que culmina con un descenso hasta la despensa “Los Maitenes” de Don Ricardo Antil, el huesero. Huesero es un traumatólogo de campo. El autodidacta que tiene el conocimiento y la destreza para acomodarte los huesos cuando te caíste del caballo o tuviste una rodada en la cordillera. 
La bajadita hasta lo de Antil encierra un secreto. Si uno detiene el auto justo frente a un grupo de maitenes que hay en la derecha,- manteniendo el pie en el freno y en punto muerto para evitar la pendiente-, ocurre algo singular. Si se levanta el pie del freno, el auto en vez de seguir hacia abajo por la pendiente, empieza lentamente a subir hacia atrás contra toda lógica.
Ya comprobé hace unos años que no es una ilusión óptica de as pendientes, y hasta llevé un nivel de burbuja para certificarlo.
Y trato de comprobarlo de nuevo. Paro junto a los maitenes. Punto muerto y pie en el freno. Suelto el freno, y el auto empieza a subir hacia atrás por la pendiente que baja. Notable efecto de antigravedad. Un enigma. Veo que en lo de Antil hay un poblador picando leña. Buena oportunidad para poder tener la respuesta de un lugareño. Me acerco y saludo.
El hombre se saca la boina roja y también saluda. Se acomoda apoyándose sobre el mango largo del hacha.
- Buenas, don. ¿En qué lo puedo ayudar?
- Vea…yo hace años que vengo por aquí y siempre me llamó la atención lo que pasa ahí nomás, en esa porción del camino…
- ¿Y qué es lo que lo pasa?- dijo como si no supiera.
- Que el auto sube solo para atrás,- le respondí.
El poblador se reacomodó sobre el mango del hacha, hizo una pausa, me miró 
fijo y sentenció: -Vea….no es que sube para atrás.
Y tras una nueva pausa, largó su diagnóstico.
- Lo que pasa es que cae para arriba.
“Lo que pasa es que cae para arriba” me fui repitiendo mientras arranqué el auto para seguir camino. “Cae para arriba”. Clarito.
“Aroma de tu pollera…guardo en mi guitarra para alcanzarte…”
Cosas de la cordillera.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Pink Floyd


Estoy muy entusiasmado con una conferencia que voy a dar en la Feria el Libro. 
Papeles, papelitos, apuntes, libros y fotocopias están esparcidos por toda la casa. Mi biblioteca, de por sí excedida, luce revuelta y desordenada. La asocio con mi estado cerebral.
La computadora hierve y en ella se acumulan imágenes y documentos guardados, que espero rescatar de las garras, impredecibles para mí, de la cibernética. Porque en verdad, me nace una cierta resistencia a tanta vorágine tecnológica.
Descubrí, entonces, que ya es hora de incorporar ese aparatito chiquitito que se enchufa a un puerto USB, y que memoriza imágenes, textos y también música. Mágico el aparatito, y se puede llevar en el bolsillo y también enchufar en el auto. Es claro que no me acuerdo cómo se llama. Pero la decisión la tomé. 
Hay que comprarlo.
Arranqué hacia el pueblo apuntando al negocio de insumos para computación de Nico Yonas, mientras hacía malabarismos mentales para tratar de acordarme cómo se llama el pendorcho ese.
Los siete kilómetros que me separan del pueblo parecían suficientes para que mi memoria se activara.
Pasé la caminera y no había manera de que el nombre del aparatito apareciera.
Decidí apelar al pensamiento lateral mientras bajaba la zigzagueante Cuesta de los Andes.
Imaginé entonces ese entorno maravilloso de bosques y montañas con los cipresales pasando a mi izquierda, mientras soñaba con qué música guardada en el pendorcho combinaría.
Alguna zamba de Raly Barrionuevo, tal vez. El lado oscuro de la luna de Pynk Floyd, Cuatro Vientos de Juan Sardi, Loncomeo Coliqueo de Che Joven, el Motete 3 de Bach, Agüita de Marita Moyano. Muy diverso todo, pero el nombre del aparatito no aparecía.
Y así, llegué hasta la cuadra del Concejo Deliberante donde está el negocio de Nico Yonas y justo frente a él me esperaba un espacio libre para estacionar. De modo que me apuré a hacerlo y bajé del auto. Me detuve en la vidriera para ver si entre las cosas que se ofrecían aparecía el fatídico nombre. Pero no. 
“En cuanto trate de pedirlo, va a salir”, me dije. Y entré.
Nico saludó. “En qué te puedo ayudar?” me dijo.
Y fue entonces que me escuché diciendo: “Necesito un Pink Floyd”.
Nico abrió los ojos grandes, se dio vuelta, agarró una cajita y me respondió mientras contenía
la risa: “Tengo de 8 GB”.
Agarré en envase de cartón y plástico para ver si estaba escrito el nombre de la cosa esa, pero fracasé.
Vencido, agobiado por la sensación vergonzante de la derrota, tomé coraje y mientras hacía el gesto en el aire de colocarlo en un puerto USB, le pregunté a Nico: “Me podés recordar cómo se llama la cosa ésta?”.
Y su respuesta, entre la risa que le atragantaba el mate, no me aclaró nada: "Desde hoy se llama Pink Floyd".

viernes, 31 de agosto de 2018

Encender La Leña Es Un Ejercicio de La Realidad.


El dueño del quiosco del barrio es Juanjo. Amigo. El me guarda los diarios viejos que no tienen devolución, que a mi me son útiles para empezar el fuego en mi cocina económica a leña. Y esos diarios que no tienen devolución, suelen ser casi todos Clarín con sus correspondientes suplementos. Resulta un placer prender el fuego con esa porquería.
Primero limpio la ceniza de la noche anterior, después saco los aros metálicos de arriba de la cocina, y armo un conchoncito de hojas de Clarines arrugados antes de colocar la leña y las astillas. Ritual cotidiano. De modo que cuando cae la noche, sólo debo acercarle un fósforo y entregarme al placer del fuego.
Recién acabo de hacerlo. Y al cortar las hojas dobles del diario, sin querer fui leyendo los titulares y viendo las fotos.
Debí parar y prestar atención para entender. Tuve la sensación de que eran diarios muy añejos, porque había rostros optimistas de funcionarios, títulos entusiasmantes, bajadas que transmitían la imagen de un país con rumbo. Claro, sabemos que todo eso era falso. Pero debí fijarme en la fecha de edición, y eran de apenas diez días. Se asaltó la sensación de que el tiempo había entrado en una vorágine. Tuve casi vértigo. Hoy, ni siquiera se animarían en ese pasquín a insinuar una cuota de optimismo.
Diez días nada más.
Y ya se nota el abandono, el tratar de correrse un poquito para no quedar tan pegados. Pero no hay manera. Los medios de la corpo también son protagonistas del saqueo.
Y si bien estoy seguro de eso, se me consolidó la certeza de que al país, mi país, le han prendido fuego.

jueves, 5 de julio de 2018

Amanecer Hecho Pelota

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Ayer amanecí cruzando La Pampa en dirección a Roca por el camino del embalse Casa de Piedra. 
Era una incipiente mañana gris con una helada restrera sobre los coirones y el pedregal de la estepa.
Algún jote, nomás sobrevolando la espinidad buscando alimento.
El vidrio de la ventanilla empañado, y entre sueños y cierto entumecimiento, el camino me llevaba pacientemente a casa, después de un viaje muy fugaz a Buenos Aires. Apenas faltaban 9 horas para llegar a San Martín de los Andes. Ya llevaba 14 desde la partida del ómnibus de Retiro. 
Desparramado en el asiento, recordé que debía tomar la pastillita de Plenacor 50 para regular la presión, de modo que levanté el apoyapiés para rescatar la mochila, busqué a tientas la cajita, asomé el blizter y lo apreté para que escupiera la píldora, y mientras la iba tragando, reacomodé la mochila, bajé el apoyapiés sobre ella y me volví a estirar para intentar dormir un rato más.
Fue precisamente en ese momento, que noté que el micro frenaba y se iba deslizando hacia la derecha sobre la banquina de ripio. Y se detuvo. Corrí la cortinita de la ventanilla y vi que allí, en medio de la soledad esteparia y en plano amanecer, había un operativo de la Policía Federal. “Diez minutos más de demora”,- pensé.
Al ratito nomás, subieron dos federicos con un perro negro, muy parecido a Perrito, pero con cola, y empezaron a caminar por el pasillo del micro. El perro era entrañable. Y al pasar al lado mío me clavó sus hermosos ojos marrones. Me acordé de mi compañero que me esperaba en casa e imaginé el encuentro y la felicidad cuando le entregue la pelota de goma maciza que le compro en cada viaje y que sé que la espera cuando deshago la mochila.
La sorpresa fue que el perro se negó a seguir caminando por el pasillo del micro. Giró sobre sí mismo, se vino derecho a mí y zambulló su trompa debajo de mi apoyapiés. 
Me vi rodeado de señores vestidos de negro, con gorra y una 9 milímetros en la cintura, y escuché un escueto y seco “descienda con esa mochila”.
Caminé el pasillo hasta la puerta bajo el gesto se sospecha de todos los pasajeros, y en la banquina de ripio y ante la atenta mirada de dos testigos, tuve que abrir la mochila y empezar a sacar una por una, todas mis cosas. La helada no era joda. El viento tampoco. Y mi sorpresa menos aún. Les advertí que llevaba ropa sucia, y así fueron apareciendo y fui depositando en el piso dos pares de medias, un cazoncillo, una camisa celeste, un pantalón gris, una remera negra, el libro “Cuentos Rodados” de mi amigo Carlos Abadie que estuve leyendo, una agenda con un proyecto de poema parido durante la noche, un pote de pasta dentífrica, el cepillo de dientes, la caja de Plenacor 50 que debí abrir para mostrar su contenido, mi Victorinox, y finalmente la pelota azul que le compré a Perrito. 
Fue ahí cuando el perro con cola de los federales se abalanzó sobre la pelota pese a la cadena y a la fuerza del milico que lo sostenía. Sólo una mujer policía que dijo ser la instructora del perro, logró no sin esfuerzo que escupiera la pelota azul con dibujos blancos y la dejara sobre la banquina. “Era ésto”, dijo levantando la pelota como un trofeo, mientras yo me sentía observado por las ventanillas por todos los pasajeros como si fuera un paramesio debajo de un microscopio o Pablo Escobar en el instante de su arresto.
“Era esto”,- repitió. “Olió el caucho”. 
Me imaginé que no me podían imputar como traficante de caucho y menos aún de pelotas para perro, y me tranquilizó cuando me devolvió el regalo masticado por el efectivo canino y me dijo: “Disculpe. Puede guardar todo”.
Volví con mi mochila a mi asiento, mientras los pasajeros miraban unánimemente para otro lado.
El micro arrancó y mientras me volvía a desparramar en la butaca pensé: - “Pobre animalito. Debe extrañar cuando de cachorro, y alguien lo hacía jugar con una pelota antes de que lo convirtieran en un botón de cuarta.”
Por él aprendí lo que es convertirse violentamente en sospechoso.

sábado, 9 de junio de 2018

La Nevada Impar



Se olía a nieve, y llegó.
Mi jardín amaneció blanco. Blancos los árboles, la calle, los techos. Y sopla viento del este.
Por momentos los copos vuelan con fuerza, horizontales de izquierda a derecha, y se estampan contra los troncos y también contra los postes del cerco y de la luz, formando una capa uniforme, de un espesor creciente, desafiando la gravedad. Es el revoque albañil del invierno.
Por momentos la nieve se arremolina con violencia. Lejos está de ser una de esas nevadas calmas, de copos gruesos y secos que caen con una majestuosa ingravidez, como si llegaran de los tiempos de una antigua caja de música.
Es nevada con puelche. “La nevada de abajo”, como dicen los pobladores, porque llega desde la estepa a clavar su obstinada espinidad de cristales helados. Cuando nieva con puelche el frío cala.
Puel, en mapuzungún, es el este. De allí viene la vida.
Mi auto amaneció cubierto de nieve. No pensaba usarlo hoy, pero el cordero al disco de anoche vació la panera. Una vez desenterrado, arranqué hacia la panadería dejando una huella bien marcada y profunda.
Pedro, el panadero es conocido por todos como Pete Pan, y me recibió como siempre con un mate. Nacido y criado en San Martín de los Andes tiene una natural sabiduría vecinal, además de una paz contagiosa.
“No sé por qué, pero el puelche siempre es impar”, me dijo.
Y es cierto. Cuando sopla puelche o nieva con puelche, el acontecimiento dura un día, tres o cinco. Rara vez siete. Pero siempre impar.
De modo que compré pan para tres días, dispuesto a no salir de mi refugio hasta que pase el temporal. Hasta mi perro se niega a salir al jardín.
Es la primera buena nevada del invierno.
Una nevada impar.

jueves, 7 de junio de 2018

Recuerdo a Doña Berta

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Trabajaba como cocinera en el histórico restaurante El Raulí y salía a hacer las compras de verduras pedaleando en un triciclo gigante. Doña Berta ya andaría por los ochenta, cuando me enseñó a oler la nieve. Y esto fue hace como unos treinta años. 
Dialogar con Doña Berta era singular, porque más allá de lo que saliera de nuestras bocas, nos entendíamos a través de un extraño canal telepático. Como si las palabras sólo tuvieran la función de pescar algo que a nuestra telepatía se le hubiera escapado.
Doña Berta olía la nieve. Sabía cuando iba a llegar la nevada. Y lo decía sin ningún tapujo: “Huelo a nieve”.
Una de las pistas de Chapelco lleva su nombre.
Así aprendí cómo se anticipan las nevadas. Esas que se van acumulando en las calles y los árboles. Las nevadas igualitarias que cubren los jardines, tanto el de los pastitos emprolijados por el jardinero, como el del pobre que acumula los deshechos más diversos por las dudas.
Todo se ve igual debajo de las buenas nevadas.
Y oler la nieve no sólo es una cuestión de olfato.
Se empieza a sentir de diversos modos.
Los dedos deciden tener vida propia y uno los comanda dificultosamente.
Los lóbulos de las orejas adquieren una sensibilidad particular, de tal modo que se vuelve a tomar conciencia de que existen y nos acompañan todo el tiempo.
La nariz entibia menos el aire que respiramos, y se siente más denso, tal vez más húmedo.
Los labios se suavizan como disponiéndose al amor.
Los sonidos se opacan. El silencio es seco, como si un eco empezara a repetirlo.
Todo se aquieta y el tiempo parece circular más lento.
El humo de la leña de las chimeneas empieza a salir hacia abajo, se curva y repta.
Las cachañas cruzan el aire con sus bandadas de flechas verdes, zigzagueantes y parlanchinas.
Estos síntomas y otros más se pueden avecinar de golpe o uno a uno.
Así se empieza a oler la nieve.
Y esto es exactamente lo que me pasa ahora.
Por eso me acordé de Doña Berta.
Y entonces, me empiezo a preparar para la nevada.

sábado, 26 de mayo de 2018

Para Echar Leña al Fuego

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El ataque de leñador frenético llegó a su fin. Duró algo más de un mes y medio, y en su transcurso seccioné con la motosierra una veintena de troncos de álamo que se estaban secando pacientemente, al igual que las gruesas ramas de abedul producto de la poda. No hay que ser injusto con los troncos de un fresno abatido, porque persistía en hacer cortocircuitos con sus ramas erosionando los cables de la luz de la calle. 
Mi amor por la motosierra se fue incrementando semana tras semana,- al igual que las maldiciones de los vecinos proclives a disfrutar la siesta-, a medida que se iban levantando las rumas (1)

-(1) RUMA: dícese de la acumulación de troncos ya cortados que forman una parecita, y que permite que el aire circule optimizando el secado de la madera.

Una de las rumas mide siete metros de largo por dos metros con 40 de alto. De allí saco los troncos para picarlos y disminuir su espesor. 
Tuve que improvisar una leñera de cuatro metros de largo con una chapa de zinc para acumular los cortes de los abedules. La cucha enorme de Perrito,- que ya quedó en desuso-, protege lo que me ha quedado de leña de ñire, bien dura y calórica.
Además de las rumas, la leñera y la vieja cucha del perro, 19 cajas y cajones de leña cortadita se reparten adentro y afuera de mi casa.
Pero una parva abundante de ramas menores, de menos de una pulgada de grosor, aún yacían en el jardín de adelante.
Era lo último.
Ere el tramo final del severo y prolongado ataque de locura leñatera, que debe haberse originado en mi intuición de un invierno inusualmente duro, o simplemente en una de mis habituales alteraciones mentales.
Decidí encarar el corte de la parva de ramas, con el hacha de mano y el machete, justo cuando una lluvia molesta y fría se desencadenó en el momento en que tomaba impulso.
Pero nada podía ya detenerme. Organicé en la cocina-comedor un micoemprendimiento leñatero, y empecé a entrar brazadas de ramas. Una a una las fui cortando a la medida de la cocina económica, hachando sobre un tocón grueso de fresno. El impulso de hachero frenético se fue incrementando con un ritmo sostenido, y así empezaron a volar por el aire ramitas de todo calibre mientras yo seguía enceguecido golpe tras golpe. Resultó interesante advertir contra qué golpeaban en su vuelo, -a veces lineal y otras giratorio-, reconociendo por la percusión si habían dado contra la puerta del horno, contra la heladera, contra la alacena, o si habían caído en la bacha de la cocina o bien en un fuentón donde un mugriento jean se despoja en remojo de manchas ignotas.
Perrito,- sabio él-, se refugió en mi dormitorio asegurándose no ser blanco de alguno de los proyectiles. Bueno, blanco no podría ser nunca, porque es negro como el basalto.
Este ataque final duró desde las once y media de la mañana hasta casi las cinco de la tarde.
No sólo significó el final del síndrome maderero, sino el despeje completo de los jardines antes que la nieve sepulte todo lo existente.
Y mientras cortaba las ramas menores, pensé que justamente es con la leña más chica que se inicia el fuego más grande.
Tengo leña como para hacer dulce.
O sea, me garanticé el fuego de mi cocina económica más allá de este invierno.
Ahora, que lleguen los amigos, la guitarra, la compañera, la noche, el vino, la nieve, y los carámbanos de hielo colgando del techo.
Humito en la chimenea no me va a faltar.

martes, 24 de abril de 2018

Mamihlapinatapai

Mamihlapinatapai


Mamihlapinatapai (a veces escrita incorrectamente como mamihlapinatapei) es una palabra del idioma de los nativos yámanas de Tierra del Fuego, listada en el Libro Guinness de los Récords como la "palabra más concisa del mundo", y es considerada como uno de los términos más difíciles para traducir. Describe «Una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambas desean pero que ninguna se anima a iniciar».
La palabra consta de un prefijo ma(m)- de corte reflexivo pasivo (marcado por la segunda m antes de una partícula iniciada por vocal); la raíz ihlapi, que significa "estar confundido sobre lo que hacer después"; seguida por el sufijo condicionante -n y por el sufijo -at(a), que implica "logro"; y coronada por -apai, que al ser compuesto con ma(m) adquiere un significado de reciprocidad.

lunes, 23 de abril de 2018

Otoño

Otoño


Es el tiempo en el que la vida se retrae. Se mete hacia adentro.
Es el ciclo recurrente del descanso y la espera, de un paciente sigilo.
Es el momento de despojarse de la hojarasca vieja, de caminar despacio, con pasos crocantes, sobre el pasado que va cayendo con tonos rubios y rojos.
Las mañanas son cristalinas, con las copas de los árboles que se van desnudando de a poco y que rompen la neblina que repta por los valles.
Con las primeras nevadas en las cumbres se enciende el violeta de los bosques altos de lenga.
Los robles, raulíes y ñires todavía esperan para explotar en dorado, rojo y naranja.
El otoño es violentamente delicado. Contiene una brutal serenidad. El reloj late más despacio y las cascadas se preparan para detenerse con la helada.
Veo girar una bandada organizando la migración. 
Ahora mismo, detrás de la ventana, caen ingrávidas las hojas amarillas de un fresno.
En el pueblo casi no hay visitantes. Y recuperamos completamente la intimidad vecinal, el saludo largo. 
Lejos, oigo una motosierra prometiendo fuego.
La tarde se desliza lenta, segura, como una novia transparente.
Mi perro ronca.
Revuelvo el café.

domingo, 4 de febrero de 2018

Sopa de Letras

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Llevo cuatro días de una inusitada revolución en la panza. Diarrea y vómitos. Un dolor que a veces se convierte casi en calambre y atenta contra el sueño y otras cosas más.
Soy un asco.
Sin dudas bajé de peso. Los pantalones me cuelgan y ajusto el cinturón un agujerito más estrecho.
Hoy, me sentí un poco mejor y fui hasta la costa del lago al acto del cumpleaños del pueblo. Estuve una hora y en cuanto empecé a sentir los primeros síntomas aluvionales, apuré el regreso a casa. Llevo dos días completos sin probar bocado. Sólo agua y jugo de naranja. Imaginemos que se trata de una depuración.
Pero siento que ya llegó la hora de ingerir alimentos. Algo simple, básico, ingenuo: una sopa de fideítos. Me resulta auspicioso sentir ganas de probarla.
Encontré en la alacena un paquete de fideos de letras. Perfecto,- me dije-, pero este ingrediente requiere algunos toques para evitar posibles inconvenientes.
Descubro que la mayoría de las llamadas “malas palabras” empiezan con “c” y con “p”. Vaya a saber por qué. Y tomé la decisión de actuar preventivamente.
Desparramé dos puñados de fideítos de letras sobre una fuente y para separar las “c” y las “p” potencialmente nocivas. Me valí de la pinza de depilar de la Victorinox. Limpié los anteojos y empecé mi labor de relojero fideero letrista, poniendo en un costadito de la fuente todas las “c” y las “p”. Este ejercicio me llevó a pensar en Marco Polo tras su regreso problemático a Venecia desde China, de donde trajo la noticia de los fideos. Recordé que corría el año 1209 cuando lo metieron en cana y a su pobre compañero de celda le contaba cosas inentendibles, como lo que eran los fideos o el papel moneda. 
Yo estaba completamente imbuido de lo que recuerdo de las memorias de Marco Polo, mientras Perrito dormía como un rollizo de coihue tirado del otro lado de la mesa del comedor. Y la depuración de letras posiblemente impiadosas seguía eficazmente en mi siglo XIII venciano.
Hasta que alguien golpeó la puerta. Sonó como una bomba.
En medio de la paz relojera de la pinza de depilar de la victorinox y mi esfuerzo por ser prolijo con los elementos potencialmente negativos, ese golpe marcó un antes y un después.
Marco Polo se fue al carajo, y Perrito se levantó como un resorte. Este cuasi jabalí negro intentó pasar por debajo de la mesa y se llevó puesto un travesaño inferior. Después de rebotar, lo saltó y dio su lomo contra el interior de la tabla para apuntar definitivamente hacia la puerta con la intención manifiesta de masticarse al golpeador. Lo sujeté y abrí.
Un vecino había encontrado una llave tipo trabex junto a mi auto, estacionado en la calle, y dedujo que podía ser mía. No era. Y no sólo no lo pude putear sino que además le tuve que agradecer el gesto.
Cuando volví a la mesa, descubrí que mi intención de separar lo nocivo de lo sano había sido al pedo. Las “c” y las “p”, se habían vuelto a mezclar con el resto de las letras más inocuas.
Y me salió del alma: Puta que lo Parió, Carajo…..!

miércoles, 31 de enero de 2018

Luna y fuego

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Encendí la leña sólo para quemar los papeles y cartones que suelen acumularse cuando uno tiene el privilegio de tener una cocina económica. No hace frío. Pero resulta hermosa la tibieza del fuego y el ronroneo de la leña, mientras tomo mi copa de vino.
Salí al jardín de atrás. La luna es un cañonazo en el cielo. Sube lenta. Es una novia transparente que trepa el aire. 
Dejé que superara los álamos y la vi entera. Mi vino empezó a crecer en la copa como una pleamar, y mis líquidos encefálicos empezaron a sentir la gravitación. Entré a casa. El fuego de la leña, hasta ese momento humilde, tomó un rol, protagónico. Hasta que decidí apagar las luces.
Como si se hubiera derrumbado un dique, un aluvión celestre invadió todo. Rebotó contra las ventanas, el espejo, mi copa. La luna entró a casa y se sentó conmigo a ver la leña.
Celeste y fuego.
Hago silencio.

domingo, 21 de enero de 2018

Una Vaca Adentro de Mi Casa

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Ayer llegó a casa mi amigo Daniel. Riojano chileciteño, hacedor de vinos, sereno y sabio. Se vino con un amigo, también de Chilecito, pero que vive en las Islas Canarias. Noche de empanadas de ciervo y de jabalí,- animales raros para ellos-, vinos que son joyas e historias y experiencias que nos unen. A eso de las cuatro de la mañana decidimos ir a dormir. Hace un rato bajaron al pueblo. Y entonces aproveché para poner una mínima dignidad al aspecto de la casa tras la noche de anoche, y para ir al baño. Seguramente coincidimos en que no hay mejor cosa que ir al baño cuando uno está solo en casa. No hay que disimular ruidos escatológicos. Estaba en pleno proceso, cuando escuché un mujido. Perrito empezó a ladrar como un poseído. Claro, adentro de casa un mugido es ilógico. Pero en mi casa todo es ilógico. Presté atención sin moverme de mi sitial, y volví a escuchar nítidamente el mugido. Imposible que una vaca haya entrado a casa. Y tras ese mugido, otro más y otro. Definitivamente curioso
Por estos acontecimientos di por concluido mi momento en el baño y salí a contener al perro de la posible ferocidad del vacuno. Claro, buscar una vaca adentro de casa es absurdo. Hasta que todo quedó claro. Daniel dejó cargando su celular y su sonido de recibir una llamada es un claro y nítido mugido. No algo parecido, sino un mugido. Me tranquilizó el hecho de no tener que sacar por la fuerza un vacuno de mi hogar, y a su vez, corroboro que mis amigos tienen poco de normales. Afortunadamente.