Bajando del Paimún, el camino zigzaguea junto al lago Huechulafquen. El bosque alto de cóihues y pehuenes filtra el sol de la tarde, y algunos rayos crean el efecto de las estampitas.
Pasando la vieja seccional de Guardaparques de Las Coloradas, ya sé que falta poco para que cambie el lenguaje de la naturaleza y se abra la maravillosa espinidad de la estepa.Por el retrovisor noto que me sigue el Volcán Lanín.
En el auto suena La Juntada, y en las curvas y contracurvas se establece una verdadera complicidad con el ritmo de la zamba.
“Yo sería capaz….de cantar…todita la noche pa verte bailar…Mientras bailas voy bebiendo el aire que dejas al pasar”.
Y así llego al punto en que me despido del bosque. Al frente se abre un sitio con enigma. Una curva a izquierda y una suave trepada que culmina con un descenso hasta la despensa “Los Maitenes” de Don Ricardo Antil, el huesero. Huesero es un traumatólogo de campo. El autodidacta que tiene el conocimiento y la destreza para acomodarte los huesos cuando te caíste del caballo o tuviste una rodada en la cordillera.
La bajadita hasta lo de Antil encierra un secreto. Si uno detiene el auto justo frente a un grupo de maitenes que hay en la derecha,- manteniendo el pie en el freno y en punto muerto para evitar la pendiente-, ocurre algo singular. Si se levanta el pie del freno, el auto en vez de seguir hacia abajo por la pendiente, empieza lentamente a subir hacia atrás contra toda lógica.
Ya comprobé hace unos años que no es una ilusión óptica de as pendientes, y hasta llevé un nivel de burbuja para certificarlo.
Y trato de comprobarlo de nuevo. Paro junto a los maitenes. Punto muerto y pie en el freno. Suelto el freno, y el auto empieza a subir hacia atrás por la pendiente que baja. Notable efecto de antigravedad. Un enigma. Veo que en lo de Antil hay un poblador picando leña. Buena oportunidad para poder tener la respuesta de un lugareño. Me acerco y saludo.
El hombre se saca la boina roja y también saluda. Se acomoda apoyándose sobre el mango largo del hacha.
- Buenas, don. ¿En qué lo puedo ayudar?
- Vea…yo hace años que vengo por aquí y siempre me llamó la atención lo que pasa ahí nomás, en esa porción del camino…
- ¿Y qué es lo que lo pasa?- dijo como si no supiera.
- Que el auto sube solo para atrás,- le respondí.
El poblador se reacomodó sobre el mango del hacha, hizo una pausa, me miró
fijo y sentenció: -Vea….no es que sube para atrás.
Y tras una nueva pausa, largó su diagnóstico.
- Lo que pasa es que cae para arriba.
“Lo que pasa es que cae para arriba” me fui repitiendo mientras arranqué el auto para seguir camino. “Cae para arriba”. Clarito.
“Aroma de tu pollera…guardo en mi guitarra para alcanzarte…”
Cosas de la cordillera.










