Otoño
Es el tiempo en el que la vida se retrae. Se mete hacia adentro.
Es el ciclo recurrente del descanso y la espera, de un paciente sigilo.
Es el momento de despojarse de la hojarasca vieja, de caminar despacio, con pasos crocantes, sobre el pasado que va cayendo con tonos rubios y rojos.
Las mañanas son cristalinas, con las copas de los árboles que se van desnudando de a poco y que rompen la neblina que repta por los valles.
Con las primeras nevadas en las cumbres se enciende el violeta de los bosques altos de lenga.
Los robles, raulíes y ñires todavía esperan para explotar en dorado, rojo y naranja.
El otoño es violentamente delicado. Contiene una brutal serenidad. El reloj late más despacio y las cascadas se preparan para detenerse con la helada.
Veo girar una bandada organizando la migración.
Ahora mismo, detrás de la ventana, caen ingrávidas las hojas amarillas de un fresno.
En el pueblo casi no hay visitantes. Y recuperamos completamente la intimidad vecinal, el saludo largo.
Lejos, oigo una motosierra prometiendo fuego.
La tarde se desliza lenta, segura, como una novia transparente.
Mi perro ronca.
Revuelvo el café.

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