sábado, 9 de junio de 2018

La Nevada Impar



Se olía a nieve, y llegó.
Mi jardín amaneció blanco. Blancos los árboles, la calle, los techos. Y sopla viento del este.
Por momentos los copos vuelan con fuerza, horizontales de izquierda a derecha, y se estampan contra los troncos y también contra los postes del cerco y de la luz, formando una capa uniforme, de un espesor creciente, desafiando la gravedad. Es el revoque albañil del invierno.
Por momentos la nieve se arremolina con violencia. Lejos está de ser una de esas nevadas calmas, de copos gruesos y secos que caen con una majestuosa ingravidez, como si llegaran de los tiempos de una antigua caja de música.
Es nevada con puelche. “La nevada de abajo”, como dicen los pobladores, porque llega desde la estepa a clavar su obstinada espinidad de cristales helados. Cuando nieva con puelche el frío cala.
Puel, en mapuzungún, es el este. De allí viene la vida.
Mi auto amaneció cubierto de nieve. No pensaba usarlo hoy, pero el cordero al disco de anoche vació la panera. Una vez desenterrado, arranqué hacia la panadería dejando una huella bien marcada y profunda.
Pedro, el panadero es conocido por todos como Pete Pan, y me recibió como siempre con un mate. Nacido y criado en San Martín de los Andes tiene una natural sabiduría vecinal, además de una paz contagiosa.
“No sé por qué, pero el puelche siempre es impar”, me dijo.
Y es cierto. Cuando sopla puelche o nieva con puelche, el acontecimiento dura un día, tres o cinco. Rara vez siete. Pero siempre impar.
De modo que compré pan para tres días, dispuesto a no salir de mi refugio hasta que pase el temporal. Hasta mi perro se niega a salir al jardín.
Es la primera buena nevada del invierno.
Una nevada impar.

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