Mis días tienen contenidos mágicos. A veces apenas destellos, pero aprendo a detectarlos y tratar de ordeñarles algo de luz.
Hoy a la tarde, hice un alto de picar leña, encendí un Parisienne, y me senté en un sillón del jardín de invierno. Y pensé….¿Dónde estará el libro “Las leyes del bosque”, de un biólogo amigo? Y empecé a buscar en la biblioteca. A ver….creo que algo confesé…estoy intentando comprender lo que definí como “agujeridad”. Tiene definitivamente que ver con la física y su comprensión desde la exclusiva faceta de la materia. Y me puse a buscar Las Leyes de Bosque. Y se me cae en la cabeza otro libro, que mágicamente se deslizó de la biblioteca y con una aceleración de 9,8 metros sobre segundo al cuadrado, dio contra mi cráneo. Lo levanté del piso puteando…y sorpresa!!!!! “El Túnel” de Sábato.
Que un túnel me golpée la cabeza es tan improbable como trasladar un pozo. Es un ejemplo de la agujeridad misma. Y justo de Sábato. ¿Quién no aprendió física con el manual de Maestegui y Sábato? Bueno ese Sábato fue Ernesto.
Y la obsesión de Sábato por la oscuridad, la ceguera y las oquedades…
Recordé, mientras me volvía a sentar en el sillón del jardín de invierno, que Don Ernesto Sábato nació un 24 de junio. Justo el día final de la máxima oscuridad. El tercer día del solsticio de invierno. El día en que finalmente empieza a extenderse la luz en el hemisferio sur. ¿Habrá estado signado por eso?
De modo que empecé a releer El Túnel.
A lo mejor, resulta que encuentro alguna clave para seguir avanzando en mi hipótesis de la agujeridad,- que ahora empecé también a denominarla “gruyerismo”-.
¿Qué querés que le haga? Me encontré un rectángulo que me preguntaba en qué estaba pensando y le dí pa delante.

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