miércoles, 8 de noviembre de 2017

Las flores de mi manzano tenían razón



Las flores de mi manzano tenían razón de ser cautelosas y esperar. Ayer, en el Volcán Lanín intuí lo que podía ocurrir hoy,- contra todo pronóstico-, cuando las cachañas pasaban volando de manera rasante en bandadas infrecuentemente enormes. Se viene una bruta nevada, me dije.
Y hoy a la tarde, hace unas cuatro horas, empezó a desplomarse en cielo de a poquito. Primero fueron copos húmedos, y lentamente se fueron convirtiendo en esponjosos, secos, ingrávidos. Y se fueron acumulando sigilosamente sobre todas las cosas.
El silencio parece rebotar cuando nieva así. Se hace más silencio todavía. Como de corcho. Seco. Es una sensación única.
Y al nevar sin viento y con copos secos que se van depositando suaves y sin tiempo, no se sabe si nos ellos los que caen o si es uno que empezó a ascender.
Sensación de antigua caja de música de aquellas que se daban vuelta.
Ahora, a las diez y media de la noche, no se escucha nada. Nadie pasa ni siquiera a lo lejos. 
Salí al jardín y la nieve hace cric cric cuando uno pisa, lo que indica que además está escarchando. Supongo que habrá unos cuatro o cinco grados bajo cero.
Las ramas de mi maitén están dobladas hacia abajo por el peso de la nieve.
Y los jardines de mi barrio están todos blancos.
Y resultan idénticos los jardines prolijitos de pasto cortado de los ricos que los jardines de los pobres donde se suelen acumular las más diversas cosas por las dudas se necesiten. Todo está cubierto de la misma capa blanca.
Esta nieve igualitaria y silenciadora encierra una fresca belleza nupcial.
Se respira pureza.
Y vivo el inmenso placer de mi copa de vino con la leña crujiendo en la cocina económica.
Escucho la música y la voz de mi amigo-hermano-padre Juan Sardi.
“El viento del este empieza a soplar….Y aún no sabemos volar”….
Voy a poner algún palito más al fuego.

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