
Llevo cuatro días de una inusitada revolución en la panza. Diarrea y vómitos. Un dolor que a veces se convierte casi en calambre y atenta contra el sueño y otras cosas más.
Soy un asco.
Sin dudas bajé de peso. Los pantalones me cuelgan y ajusto el cinturón un agujerito más estrecho.
Hoy, me sentí un poco mejor y fui hasta la costa del lago al acto del cumpleaños del pueblo. Estuve una hora y en cuanto empecé a sentir los primeros síntomas aluvionales, apuré el regreso a casa. Llevo dos días completos sin probar bocado. Sólo agua y jugo de naranja. Imaginemos que se trata de una depuración.
Pero siento que ya llegó la hora de ingerir alimentos. Algo simple, básico, ingenuo: una sopa de fideítos. Me resulta auspicioso sentir ganas de probarla.
Encontré en la alacena un paquete de fideos de letras. Perfecto,- me dije-, pero este ingrediente requiere algunos toques para evitar posibles inconvenientes.
Descubro que la mayoría de las llamadas “malas palabras” empiezan con “c” y con “p”. Vaya a saber por qué. Y tomé la decisión de actuar preventivamente.
Desparramé dos puñados de fideítos de letras sobre una fuente y para separar las “c” y las “p” potencialmente nocivas. Me valí de la pinza de depilar de la Victorinox. Limpié los anteojos y empecé mi labor de relojero fideero letrista, poniendo en un costadito de la fuente todas las “c” y las “p”. Este ejercicio me llevó a pensar en Marco Polo tras su regreso problemático a Venecia desde China, de donde trajo la noticia de los fideos. Recordé que corría el año 1209 cuando lo metieron en cana y a su pobre compañero de celda le contaba cosas inentendibles, como lo que eran los fideos o el papel moneda.
Yo estaba completamente imbuido de lo que recuerdo de las memorias de Marco Polo, mientras Perrito dormía como un rollizo de coihue tirado del otro lado de la mesa del comedor. Y la depuración de letras posiblemente impiadosas seguía eficazmente en mi siglo XIII venciano.
Hasta que alguien golpeó la puerta. Sonó como una bomba.
En medio de la paz relojera de la pinza de depilar de la victorinox y mi esfuerzo por ser prolijo con los elementos potencialmente negativos, ese golpe marcó un antes y un después.
Marco Polo se fue al carajo, y Perrito se levantó como un resorte. Este cuasi jabalí negro intentó pasar por debajo de la mesa y se llevó puesto un travesaño inferior. Después de rebotar, lo saltó y dio su lomo contra el interior de la tabla para apuntar definitivamente hacia la puerta con la intención manifiesta de masticarse al golpeador. Lo sujeté y abrí.
Un vecino había encontrado una llave tipo trabex junto a mi auto, estacionado en la calle, y dedujo que podía ser mía. No era. Y no sólo no lo pude putear sino que además le tuve que agradecer el gesto.
Cuando volví a la mesa, descubrí que mi intención de separar lo nocivo de lo sano había sido al pedo. Las “c” y las “p”, se habían vuelto a mezclar con el resto de las letras más inocuas.
Y me salió del alma: Puta que lo Parió, Carajo…..!
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