El ataque de leñador frenético llegó a su fin. Duró algo más de un mes y medio, y en su transcurso seccioné con la motosierra una veintena de troncos de álamo que se estaban secando pacientemente, al igual que las gruesas ramas de abedul producto de la poda. No hay que ser injusto con los troncos de un fresno abatido, porque persistía en hacer cortocircuitos con sus ramas erosionando los cables de la luz de la calle.
Mi amor por la motosierra se fue incrementando semana tras semana,- al igual que las maldiciones de los vecinos proclives a disfrutar la siesta-, a medida que se iban levantando las rumas (1)
-(1) RUMA: dícese de la acumulación de troncos ya cortados que forman una parecita, y que permite que el aire circule optimizando el secado de la madera.
Una de las rumas mide siete metros de largo por dos metros con 40 de alto. De allí saco los troncos para picarlos y disminuir su espesor.
Tuve que improvisar una leñera de cuatro metros de largo con una chapa de zinc para acumular los cortes de los abedules. La cucha enorme de Perrito,- que ya quedó en desuso-, protege lo que me ha quedado de leña de ñire, bien dura y calórica.
Además de las rumas, la leñera y la vieja cucha del perro, 19 cajas y cajones de leña cortadita se reparten adentro y afuera de mi casa.
Pero una parva abundante de ramas menores, de menos de una pulgada de grosor, aún yacían en el jardín de adelante.
Era lo último.
Ere el tramo final del severo y prolongado ataque de locura leñatera, que debe haberse originado en mi intuición de un invierno inusualmente duro, o simplemente en una de mis habituales alteraciones mentales.
Decidí encarar el corte de la parva de ramas, con el hacha de mano y el machete, justo cuando una lluvia molesta y fría se desencadenó en el momento en que tomaba impulso.
Pero nada podía ya detenerme. Organicé en la cocina-comedor un micoemprendimiento leñatero, y empecé a entrar brazadas de ramas. Una a una las fui cortando a la medida de la cocina económica, hachando sobre un tocón grueso de fresno. El impulso de hachero frenético se fue incrementando con un ritmo sostenido, y así empezaron a volar por el aire ramitas de todo calibre mientras yo seguía enceguecido golpe tras golpe. Resultó interesante advertir contra qué golpeaban en su vuelo, -a veces lineal y otras giratorio-, reconociendo por la percusión si habían dado contra la puerta del horno, contra la heladera, contra la alacena, o si habían caído en la bacha de la cocina o bien en un fuentón donde un mugriento jean se despoja en remojo de manchas ignotas.
Perrito,- sabio él-, se refugió en mi dormitorio asegurándose no ser blanco de alguno de los proyectiles. Bueno, blanco no podría ser nunca, porque es negro como el basalto.
Este ataque final duró desde las once y media de la mañana hasta casi las cinco de la tarde.
No sólo significó el final del síndrome maderero, sino el despeje completo de los jardines antes que la nieve sepulte todo lo existente.
Y mientras cortaba las ramas menores, pensé que justamente es con la leña más chica que se inicia el fuego más grande.
Tengo leña como para hacer dulce.
O sea, me garanticé el fuego de mi cocina económica más allá de este invierno.
Ahora, que lleguen los amigos, la guitarra, la compañera, la noche, el vino, la nieve, y los carámbanos de hielo colgando del techo.
Humito en la chimenea no me va a faltar.
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