Estoy muy entusiasmado con una conferencia que voy a dar en la Feria el Libro.
Papeles, papelitos, apuntes, libros y fotocopias están esparcidos por toda la casa. Mi biblioteca, de por sí excedida, luce revuelta y desordenada. La asocio con mi estado cerebral.
La computadora hierve y en ella se acumulan imágenes y documentos guardados, que espero rescatar de las garras, impredecibles para mí, de la cibernética. Porque en verdad, me nace una cierta resistencia a tanta vorágine tecnológica.
Descubrí, entonces, que ya es hora de incorporar ese aparatito chiquitito que se enchufa a un puerto USB, y que memoriza imágenes, textos y también música. Mágico el aparatito, y se puede llevar en el bolsillo y también enchufar en el auto. Es claro que no me acuerdo cómo se llama. Pero la decisión la tomé.
Hay que comprarlo.
Arranqué hacia el pueblo apuntando al negocio de insumos para computación de Nico Yonas, mientras hacía malabarismos mentales para tratar de acordarme cómo se llama el pendorcho ese.
Los siete kilómetros que me separan del pueblo parecían suficientes para que mi memoria se activara.
Pasé la caminera y no había manera de que el nombre del aparatito apareciera.
Decidí apelar al pensamiento lateral mientras bajaba la zigzagueante Cuesta de los Andes.
Imaginé entonces ese entorno maravilloso de bosques y montañas con los cipresales pasando a mi izquierda, mientras soñaba con qué música guardada en el pendorcho combinaría.
Alguna zamba de Raly Barrionuevo, tal vez. El lado oscuro de la luna de Pynk Floyd, Cuatro Vientos de Juan Sardi, Loncomeo Coliqueo de Che Joven, el Motete 3 de Bach, Agüita de Marita Moyano. Muy diverso todo, pero el nombre del aparatito no aparecía.
Y así, llegué hasta la cuadra del Concejo Deliberante donde está el negocio de Nico Yonas y justo frente a él me esperaba un espacio libre para estacionar. De modo que me apuré a hacerlo y bajé del auto. Me detuve en la vidriera para ver si entre las cosas que se ofrecían aparecía el fatídico nombre. Pero no.
“En cuanto trate de pedirlo, va a salir”, me dije. Y entré.
Nico saludó. “En qué te puedo ayudar?” me dijo.
Y fue entonces que me escuché diciendo: “Necesito un Pink Floyd”.
Nico abrió los ojos grandes, se dio vuelta, agarró una cajita y me respondió mientras contenía
la risa: “Tengo de 8 GB”.
Agarré en envase de cartón y plástico para ver si estaba escrito el nombre de la cosa esa, pero fracasé.
Vencido, agobiado por la sensación vergonzante de la derrota, tomé coraje y mientras hacía el gesto en el aire de colocarlo en un puerto USB, le pregunté a Nico: “Me podés recordar cómo se llama la cosa ésta?”.
Y su respuesta, entre la risa que le atragantaba el mate, no me aclaró nada: "Desde hoy se llama Pink Floyd".

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