Me di cuenta que el pasto de atrás de casa estaba demasiado alto la semana pasada. Ya me costaba encontrar a los perros. Y hoy al ventilar el dormitorio y abrir la ventana que da al fondo, algunos pastos lograron inclinarse hacia el interior, de modo que pude estimar su altura en más de un metro.
Si Alvar Núñez Cabeza de Vaca logró atravesar la selva brasileña hasta el Paraguay, y no tenía bordeadora, me dije, ¿por qué iba a amilanarme ante el desafío de la espesura?
De modo que me vestí con la peor ropa posible, me encomendé al Altísimo, y en nombre de Su Majestad conecté el extremo de tres prolongadores a la maquinita dispuesto a atravesar los ignotos territorios cerriles con el fin último de acceder a los confines de mis posesiones.
Inicialmente, el avance fue dificultoso. Pero las penurias sólo lograron templar mi ánimo. Encomendado como estaba al Altísimo,- al altísimo pasto, por supuesto-, fui abatiendo los salvajes vegetales en una trayectoria zigzagueante, dando bordadas como las naos en la mar abierta con vientos de través.
La Providencia puso en mi derrotero diferentes tesoros que fueron estimulando mis fuerzas y me apuntalaron para no cejar en el esfuerzo.
Lo primero que apareció debajo de los pastos fue un cuchillo de mango de madera junto a un balde metálico. Vaya a saber el tiempo que estas pertenencias habían caído en poder de la espesura. Retomé la posesión de ellas, y a poco, apareció ennegrecida por el tiempo y la intemperie, una tenaza extraviada por lapso inmemorial.
A las dos horas de agotadora travesía y de lucha desigual contra el enemigo verde, llegué finalmente a la conquista del objetivo: alcancé a acceder al cerco de atrás habiendo abatido la totalidad de los pastizales y alzando la vista sobre la renacida planicie de mis heredades con el ánimo complacido y la musculatura extenuada.
Celebrando la conquista y dando por terminada la heroica gesta, llegó el momento del inventario de los hallazgos. Además de los ya citados tesoros consistentes en cuchillo, balde y tenaza, se sumaron una fuente chica para horno, una maceta marrón, una sopapa en buen estado de conservación, un tapper azul con tapa y todo, un par de anteojos de lectura que había perdido alguna vez y una llave de mi casa extraviada desde tiempos lejanos.
Junto a los recuperados bienes y habiendo aportado civilización a mis territorios, fue el momento consagratorio de encender un parisienne ante la contemplación de la labor cumplida.
Lo que no logro encontrar ahora es el ibuprofeno para el dolor de espaldas.
Pero ya va a aparecer.
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