El jardín de adelante de mi casa es sencillo y hermoso. Mira al cordón Chapelco, a los bosques de ciprés y roble, y a una cascada de unos 40 metros que cae de las coladas volcánicas del cerro Castillo. En este jardín crecen mis corintos, el manzano, un maitén, seis cerezos, un gingin y un viejo abedul, además de las florcitas que tienen mi hija Julieta y Javier alrededor de su cabañita. El pasto en este sector se mantiene primorosamente cortado.
Pero el verdadero jardín de una casa es el de atrás. El que nadie ve. Donde uno puede depositar esas cosas que se supone alguna vez van a servir para algo. Ese es el jardín de mi perro. Y lo compartimos.
Allí es el espacio de hablar solo, o hacer purrún, o tomar la copa de vino de después de cenar sentado en un tronco de fresno, saludando a los amigos que zigzaguean arriba con sus luces. La visión del cielo es maravillosa y sin interferencias por el alumbrado de la calle. Es el sitio de los crepúsculos.
Pero los brotes de los álamos que talé y están junto al cerco, crecieron demasiado y no me dejaban ver el cordón de Quilanlahue con el cerro Colorado que es un volcancito, y los faldeos boscosos del camino que va al lago Lolog.
De modo que tomé coraje, una escalera rústica, una sierrita de mano y ataqué febrilmente el corte de esos brotes gigantes a lo largo de los 20 metros de alambrado. Me llevó cinco horas. Descubro que aún estoy apto para ciertas acrobacias, y aunque siento que los brazos están más largos, estoy feliz de haber recuperado la contemplación de los faldeos y los filos de las montañas que dan al sur y al oeste.
Y en particular, de volver a ver desde mi dormitorio la cumbre roja del volcancito.
Me relajo con un café y un Parisienne. Tarea cumplida.
Esta noche voy a salir al jardín de atrás con una copa de algo a disfrutar el secreto placer de tener una visión más amplia.
Y pienso que en estas fechas en las que se sufre el ataque compulsivo de regalar cosas, yo me acabo de regalar un volcán.
Que no es poco.

Extraño tus posteos. Escribís muy bello.
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