jueves, 7 de junio de 2018

Recuerdo a Doña Berta

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Trabajaba como cocinera en el histórico restaurante El Raulí y salía a hacer las compras de verduras pedaleando en un triciclo gigante. Doña Berta ya andaría por los ochenta, cuando me enseñó a oler la nieve. Y esto fue hace como unos treinta años. 
Dialogar con Doña Berta era singular, porque más allá de lo que saliera de nuestras bocas, nos entendíamos a través de un extraño canal telepático. Como si las palabras sólo tuvieran la función de pescar algo que a nuestra telepatía se le hubiera escapado.
Doña Berta olía la nieve. Sabía cuando iba a llegar la nevada. Y lo decía sin ningún tapujo: “Huelo a nieve”.
Una de las pistas de Chapelco lleva su nombre.
Así aprendí cómo se anticipan las nevadas. Esas que se van acumulando en las calles y los árboles. Las nevadas igualitarias que cubren los jardines, tanto el de los pastitos emprolijados por el jardinero, como el del pobre que acumula los deshechos más diversos por las dudas.
Todo se ve igual debajo de las buenas nevadas.
Y oler la nieve no sólo es una cuestión de olfato.
Se empieza a sentir de diversos modos.
Los dedos deciden tener vida propia y uno los comanda dificultosamente.
Los lóbulos de las orejas adquieren una sensibilidad particular, de tal modo que se vuelve a tomar conciencia de que existen y nos acompañan todo el tiempo.
La nariz entibia menos el aire que respiramos, y se siente más denso, tal vez más húmedo.
Los labios se suavizan como disponiéndose al amor.
Los sonidos se opacan. El silencio es seco, como si un eco empezara a repetirlo.
Todo se aquieta y el tiempo parece circular más lento.
El humo de la leña de las chimeneas empieza a salir hacia abajo, se curva y repta.
Las cachañas cruzan el aire con sus bandadas de flechas verdes, zigzagueantes y parlanchinas.
Estos síntomas y otros más se pueden avecinar de golpe o uno a uno.
Así se empieza a oler la nieve.
Y esto es exactamente lo que me pasa ahora.
Por eso me acordé de Doña Berta.
Y entonces, me empiezo a preparar para la nevada.

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