Del rincón en el ángulo obscuro,
de la heladera sin duda olvidada,
frígida y cubierta de olvido,
una suprema se hallaba.
La tomé entre mis manos piadosas.
No acertó a decir ni una palabra.
Menos mal, pensé hacia mis adentros,
si no me infartaba en la mesada.
Y así, superando el espíritu becqueriano, me le animé, puse aceite en la sartén y al freírse fueron desapareciendo lentamente ciertos luminosos fulgores verdosos que cubrían, sólo en partes, su superficie.
Ma sí.! Me la serví, no sin antes cortar algún bordecito quemado y ofrecérselo en trocitos a mis perros.
Ellos se negaron rotundamente.
Con mi espíritu siempre optimista pensé: “deben estar satisfechos”.
Y me senté y con un Hereford tinto de 16 con 60 la fui saboreando lentamente.
De vez en cuando me levanté para agregar algún palito al fuego.
La verdad es que estaba buena.
De modo que si mañana no aparezco en el facebook, ya saben de qué se trata.
Les pido que no inicien en ese caso, demanda legal alguna.
Todos los juicios son pasibles de llegar a la Suprema.
Que suele estar tan podrida como la que acabo de comer.

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