martes, 1 de enero de 2019

Me Regalé Un Volcán



El jardín de adelante de mi casa es sencillo y hermoso. Mira al cordón Chapelco, a los bosques de ciprés y roble, y a una cascada de unos 40 metros que cae de las coladas volcánicas del cerro Castillo. En este jardín crecen mis corintos, el manzano, un maitén, seis cerezos, un gingin y un viejo abedul, además de las florcitas que tienen mi hija Julieta y Javier alrededor de su cabañita. El pasto en este sector se mantiene primorosamente cortado.
Pero el verdadero jardín de una casa es el de atrás. El que nadie ve. Donde uno puede depositar esas cosas que se supone alguna vez van a servir para algo. Ese es el jardín de mi perro. Y lo compartimos.
Allí es el espacio de hablar solo, o hacer purrún, o tomar la copa de vino de después de cenar sentado en un tronco de fresno, saludando a los amigos que zigzaguean arriba con sus luces. La visión del cielo es maravillosa y sin interferencias por el alumbrado de la calle. Es el sitio de los crepúsculos.
Pero los brotes de los álamos que talé y están junto al cerco, crecieron demasiado y no me dejaban ver el cordón de Quilanlahue con el cerro Colorado que es un volcancito, y los faldeos boscosos del camino que va al lago Lolog.
De modo que tomé coraje, una escalera rústica, una sierrita de mano y ataqué febrilmente el corte de esos brotes gigantes a lo largo de los 20 metros de alambrado. Me llevó cinco horas. Descubro que aún estoy apto para ciertas acrobacias, y aunque siento que los brazos están más largos, estoy feliz de haber recuperado la contemplación de los faldeos y los filos de las montañas que dan al sur y al oeste. 
Y en particular, de volver a ver desde mi dormitorio la cumbre roja del volcancito.
Me relajo con un café y un Parisienne. Tarea cumplida.
Esta noche voy a salir al jardín de atrás con una copa de algo a disfrutar el secreto placer de tener una visión más amplia.
Y pienso que en estas fechas en las que se sufre el ataque compulsivo de regalar cosas, yo me acabo de regalar un volcán. 
Que no es poco.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Caer para Arriba




Bajando del Paimún, el camino zigzaguea junto al lago Huechulafquen. El bosque alto de cóihues y pehuenes filtra el sol de la tarde, y algunos rayos crean el efecto de las estampitas.
Pasando la vieja seccional de Guardaparques de Las Coloradas, ya sé que falta poco para que cambie el lenguaje de la naturaleza y se abra la maravillosa espinidad de la estepa.Por el retrovisor noto que me sigue el Volcán Lanín.
En el auto suena La Juntada, y en las curvas y contracurvas se establece una verdadera complicidad con el ritmo de la zamba.
“Yo sería capaz….de cantar…todita la noche pa verte bailar…Mientras bailas voy bebiendo el aire que dejas al pasar”.
Y así llego al punto en que me despido del bosque. Al frente se abre un sitio con enigma. Una curva a izquierda y una suave trepada que culmina con un descenso hasta la despensa “Los Maitenes” de Don Ricardo Antil, el huesero. Huesero es un traumatólogo de campo. El autodidacta que tiene el conocimiento y la destreza para acomodarte los huesos cuando te caíste del caballo o tuviste una rodada en la cordillera. 
La bajadita hasta lo de Antil encierra un secreto. Si uno detiene el auto justo frente a un grupo de maitenes que hay en la derecha,- manteniendo el pie en el freno y en punto muerto para evitar la pendiente-, ocurre algo singular. Si se levanta el pie del freno, el auto en vez de seguir hacia abajo por la pendiente, empieza lentamente a subir hacia atrás contra toda lógica.
Ya comprobé hace unos años que no es una ilusión óptica de as pendientes, y hasta llevé un nivel de burbuja para certificarlo.
Y trato de comprobarlo de nuevo. Paro junto a los maitenes. Punto muerto y pie en el freno. Suelto el freno, y el auto empieza a subir hacia atrás por la pendiente que baja. Notable efecto de antigravedad. Un enigma. Veo que en lo de Antil hay un poblador picando leña. Buena oportunidad para poder tener la respuesta de un lugareño. Me acerco y saludo.
El hombre se saca la boina roja y también saluda. Se acomoda apoyándose sobre el mango largo del hacha.
- Buenas, don. ¿En qué lo puedo ayudar?
- Vea…yo hace años que vengo por aquí y siempre me llamó la atención lo que pasa ahí nomás, en esa porción del camino…
- ¿Y qué es lo que lo pasa?- dijo como si no supiera.
- Que el auto sube solo para atrás,- le respondí.
El poblador se reacomodó sobre el mango del hacha, hizo una pausa, me miró 
fijo y sentenció: -Vea….no es que sube para atrás.
Y tras una nueva pausa, largó su diagnóstico.
- Lo que pasa es que cae para arriba.
“Lo que pasa es que cae para arriba” me fui repitiendo mientras arranqué el auto para seguir camino. “Cae para arriba”. Clarito.
“Aroma de tu pollera…guardo en mi guitarra para alcanzarte…”
Cosas de la cordillera.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Pink Floyd


Estoy muy entusiasmado con una conferencia que voy a dar en la Feria el Libro. 
Papeles, papelitos, apuntes, libros y fotocopias están esparcidos por toda la casa. Mi biblioteca, de por sí excedida, luce revuelta y desordenada. La asocio con mi estado cerebral.
La computadora hierve y en ella se acumulan imágenes y documentos guardados, que espero rescatar de las garras, impredecibles para mí, de la cibernética. Porque en verdad, me nace una cierta resistencia a tanta vorágine tecnológica.
Descubrí, entonces, que ya es hora de incorporar ese aparatito chiquitito que se enchufa a un puerto USB, y que memoriza imágenes, textos y también música. Mágico el aparatito, y se puede llevar en el bolsillo y también enchufar en el auto. Es claro que no me acuerdo cómo se llama. Pero la decisión la tomé. 
Hay que comprarlo.
Arranqué hacia el pueblo apuntando al negocio de insumos para computación de Nico Yonas, mientras hacía malabarismos mentales para tratar de acordarme cómo se llama el pendorcho ese.
Los siete kilómetros que me separan del pueblo parecían suficientes para que mi memoria se activara.
Pasé la caminera y no había manera de que el nombre del aparatito apareciera.
Decidí apelar al pensamiento lateral mientras bajaba la zigzagueante Cuesta de los Andes.
Imaginé entonces ese entorno maravilloso de bosques y montañas con los cipresales pasando a mi izquierda, mientras soñaba con qué música guardada en el pendorcho combinaría.
Alguna zamba de Raly Barrionuevo, tal vez. El lado oscuro de la luna de Pynk Floyd, Cuatro Vientos de Juan Sardi, Loncomeo Coliqueo de Che Joven, el Motete 3 de Bach, Agüita de Marita Moyano. Muy diverso todo, pero el nombre del aparatito no aparecía.
Y así, llegué hasta la cuadra del Concejo Deliberante donde está el negocio de Nico Yonas y justo frente a él me esperaba un espacio libre para estacionar. De modo que me apuré a hacerlo y bajé del auto. Me detuve en la vidriera para ver si entre las cosas que se ofrecían aparecía el fatídico nombre. Pero no. 
“En cuanto trate de pedirlo, va a salir”, me dije. Y entré.
Nico saludó. “En qué te puedo ayudar?” me dijo.
Y fue entonces que me escuché diciendo: “Necesito un Pink Floyd”.
Nico abrió los ojos grandes, se dio vuelta, agarró una cajita y me respondió mientras contenía
la risa: “Tengo de 8 GB”.
Agarré en envase de cartón y plástico para ver si estaba escrito el nombre de la cosa esa, pero fracasé.
Vencido, agobiado por la sensación vergonzante de la derrota, tomé coraje y mientras hacía el gesto en el aire de colocarlo en un puerto USB, le pregunté a Nico: “Me podés recordar cómo se llama la cosa ésta?”.
Y su respuesta, entre la risa que le atragantaba el mate, no me aclaró nada: "Desde hoy se llama Pink Floyd".

viernes, 31 de agosto de 2018

Encender La Leña Es Un Ejercicio de La Realidad.


El dueño del quiosco del barrio es Juanjo. Amigo. El me guarda los diarios viejos que no tienen devolución, que a mi me son útiles para empezar el fuego en mi cocina económica a leña. Y esos diarios que no tienen devolución, suelen ser casi todos Clarín con sus correspondientes suplementos. Resulta un placer prender el fuego con esa porquería.
Primero limpio la ceniza de la noche anterior, después saco los aros metálicos de arriba de la cocina, y armo un conchoncito de hojas de Clarines arrugados antes de colocar la leña y las astillas. Ritual cotidiano. De modo que cuando cae la noche, sólo debo acercarle un fósforo y entregarme al placer del fuego.
Recién acabo de hacerlo. Y al cortar las hojas dobles del diario, sin querer fui leyendo los titulares y viendo las fotos.
Debí parar y prestar atención para entender. Tuve la sensación de que eran diarios muy añejos, porque había rostros optimistas de funcionarios, títulos entusiasmantes, bajadas que transmitían la imagen de un país con rumbo. Claro, sabemos que todo eso era falso. Pero debí fijarme en la fecha de edición, y eran de apenas diez días. Se asaltó la sensación de que el tiempo había entrado en una vorágine. Tuve casi vértigo. Hoy, ni siquiera se animarían en ese pasquín a insinuar una cuota de optimismo.
Diez días nada más.
Y ya se nota el abandono, el tratar de correrse un poquito para no quedar tan pegados. Pero no hay manera. Los medios de la corpo también son protagonistas del saqueo.
Y si bien estoy seguro de eso, se me consolidó la certeza de que al país, mi país, le han prendido fuego.

jueves, 5 de julio de 2018

Amanecer Hecho Pelota

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Ayer amanecí cruzando La Pampa en dirección a Roca por el camino del embalse Casa de Piedra. 
Era una incipiente mañana gris con una helada restrera sobre los coirones y el pedregal de la estepa.
Algún jote, nomás sobrevolando la espinidad buscando alimento.
El vidrio de la ventanilla empañado, y entre sueños y cierto entumecimiento, el camino me llevaba pacientemente a casa, después de un viaje muy fugaz a Buenos Aires. Apenas faltaban 9 horas para llegar a San Martín de los Andes. Ya llevaba 14 desde la partida del ómnibus de Retiro. 
Desparramado en el asiento, recordé que debía tomar la pastillita de Plenacor 50 para regular la presión, de modo que levanté el apoyapiés para rescatar la mochila, busqué a tientas la cajita, asomé el blizter y lo apreté para que escupiera la píldora, y mientras la iba tragando, reacomodé la mochila, bajé el apoyapiés sobre ella y me volví a estirar para intentar dormir un rato más.
Fue precisamente en ese momento, que noté que el micro frenaba y se iba deslizando hacia la derecha sobre la banquina de ripio. Y se detuvo. Corrí la cortinita de la ventanilla y vi que allí, en medio de la soledad esteparia y en plano amanecer, había un operativo de la Policía Federal. “Diez minutos más de demora”,- pensé.
Al ratito nomás, subieron dos federicos con un perro negro, muy parecido a Perrito, pero con cola, y empezaron a caminar por el pasillo del micro. El perro era entrañable. Y al pasar al lado mío me clavó sus hermosos ojos marrones. Me acordé de mi compañero que me esperaba en casa e imaginé el encuentro y la felicidad cuando le entregue la pelota de goma maciza que le compro en cada viaje y que sé que la espera cuando deshago la mochila.
La sorpresa fue que el perro se negó a seguir caminando por el pasillo del micro. Giró sobre sí mismo, se vino derecho a mí y zambulló su trompa debajo de mi apoyapiés. 
Me vi rodeado de señores vestidos de negro, con gorra y una 9 milímetros en la cintura, y escuché un escueto y seco “descienda con esa mochila”.
Caminé el pasillo hasta la puerta bajo el gesto se sospecha de todos los pasajeros, y en la banquina de ripio y ante la atenta mirada de dos testigos, tuve que abrir la mochila y empezar a sacar una por una, todas mis cosas. La helada no era joda. El viento tampoco. Y mi sorpresa menos aún. Les advertí que llevaba ropa sucia, y así fueron apareciendo y fui depositando en el piso dos pares de medias, un cazoncillo, una camisa celeste, un pantalón gris, una remera negra, el libro “Cuentos Rodados” de mi amigo Carlos Abadie que estuve leyendo, una agenda con un proyecto de poema parido durante la noche, un pote de pasta dentífrica, el cepillo de dientes, la caja de Plenacor 50 que debí abrir para mostrar su contenido, mi Victorinox, y finalmente la pelota azul que le compré a Perrito. 
Fue ahí cuando el perro con cola de los federales se abalanzó sobre la pelota pese a la cadena y a la fuerza del milico que lo sostenía. Sólo una mujer policía que dijo ser la instructora del perro, logró no sin esfuerzo que escupiera la pelota azul con dibujos blancos y la dejara sobre la banquina. “Era ésto”, dijo levantando la pelota como un trofeo, mientras yo me sentía observado por las ventanillas por todos los pasajeros como si fuera un paramesio debajo de un microscopio o Pablo Escobar en el instante de su arresto.
“Era esto”,- repitió. “Olió el caucho”. 
Me imaginé que no me podían imputar como traficante de caucho y menos aún de pelotas para perro, y me tranquilizó cuando me devolvió el regalo masticado por el efectivo canino y me dijo: “Disculpe. Puede guardar todo”.
Volví con mi mochila a mi asiento, mientras los pasajeros miraban unánimemente para otro lado.
El micro arrancó y mientras me volvía a desparramar en la butaca pensé: - “Pobre animalito. Debe extrañar cuando de cachorro, y alguien lo hacía jugar con una pelota antes de que lo convirtieran en un botón de cuarta.”
Por él aprendí lo que es convertirse violentamente en sospechoso.

sábado, 9 de junio de 2018

La Nevada Impar



Se olía a nieve, y llegó.
Mi jardín amaneció blanco. Blancos los árboles, la calle, los techos. Y sopla viento del este.
Por momentos los copos vuelan con fuerza, horizontales de izquierda a derecha, y se estampan contra los troncos y también contra los postes del cerco y de la luz, formando una capa uniforme, de un espesor creciente, desafiando la gravedad. Es el revoque albañil del invierno.
Por momentos la nieve se arremolina con violencia. Lejos está de ser una de esas nevadas calmas, de copos gruesos y secos que caen con una majestuosa ingravidez, como si llegaran de los tiempos de una antigua caja de música.
Es nevada con puelche. “La nevada de abajo”, como dicen los pobladores, porque llega desde la estepa a clavar su obstinada espinidad de cristales helados. Cuando nieva con puelche el frío cala.
Puel, en mapuzungún, es el este. De allí viene la vida.
Mi auto amaneció cubierto de nieve. No pensaba usarlo hoy, pero el cordero al disco de anoche vació la panera. Una vez desenterrado, arranqué hacia la panadería dejando una huella bien marcada y profunda.
Pedro, el panadero es conocido por todos como Pete Pan, y me recibió como siempre con un mate. Nacido y criado en San Martín de los Andes tiene una natural sabiduría vecinal, además de una paz contagiosa.
“No sé por qué, pero el puelche siempre es impar”, me dijo.
Y es cierto. Cuando sopla puelche o nieva con puelche, el acontecimiento dura un día, tres o cinco. Rara vez siete. Pero siempre impar.
De modo que compré pan para tres días, dispuesto a no salir de mi refugio hasta que pase el temporal. Hasta mi perro se niega a salir al jardín.
Es la primera buena nevada del invierno.
Una nevada impar.

jueves, 7 de junio de 2018

Recuerdo a Doña Berta

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Trabajaba como cocinera en el histórico restaurante El Raulí y salía a hacer las compras de verduras pedaleando en un triciclo gigante. Doña Berta ya andaría por los ochenta, cuando me enseñó a oler la nieve. Y esto fue hace como unos treinta años. 
Dialogar con Doña Berta era singular, porque más allá de lo que saliera de nuestras bocas, nos entendíamos a través de un extraño canal telepático. Como si las palabras sólo tuvieran la función de pescar algo que a nuestra telepatía se le hubiera escapado.
Doña Berta olía la nieve. Sabía cuando iba a llegar la nevada. Y lo decía sin ningún tapujo: “Huelo a nieve”.
Una de las pistas de Chapelco lleva su nombre.
Así aprendí cómo se anticipan las nevadas. Esas que se van acumulando en las calles y los árboles. Las nevadas igualitarias que cubren los jardines, tanto el de los pastitos emprolijados por el jardinero, como el del pobre que acumula los deshechos más diversos por las dudas.
Todo se ve igual debajo de las buenas nevadas.
Y oler la nieve no sólo es una cuestión de olfato.
Se empieza a sentir de diversos modos.
Los dedos deciden tener vida propia y uno los comanda dificultosamente.
Los lóbulos de las orejas adquieren una sensibilidad particular, de tal modo que se vuelve a tomar conciencia de que existen y nos acompañan todo el tiempo.
La nariz entibia menos el aire que respiramos, y se siente más denso, tal vez más húmedo.
Los labios se suavizan como disponiéndose al amor.
Los sonidos se opacan. El silencio es seco, como si un eco empezara a repetirlo.
Todo se aquieta y el tiempo parece circular más lento.
El humo de la leña de las chimeneas empieza a salir hacia abajo, se curva y repta.
Las cachañas cruzan el aire con sus bandadas de flechas verdes, zigzagueantes y parlanchinas.
Estos síntomas y otros más se pueden avecinar de golpe o uno a uno.
Así se empieza a oler la nieve.
Y esto es exactamente lo que me pasa ahora.
Por eso me acordé de Doña Berta.
Y entonces, me empiezo a preparar para la nevada.