El dueño del quiosco del barrio es Juanjo. Amigo. El me guarda los diarios viejos que no tienen devolución, que a mi me son útiles para empezar el fuego en mi cocina económica a leña. Y esos diarios que no tienen devolución, suelen ser casi todos Clarín con sus correspondientes suplementos. Resulta un placer prender el fuego con esa porquería.
Primero limpio la ceniza de la noche anterior, después saco los aros metálicos de arriba de la cocina, y armo un conchoncito de hojas de Clarines arrugados antes de colocar la leña y las astillas. Ritual cotidiano. De modo que cuando cae la noche, sólo debo acercarle un fósforo y entregarme al placer del fuego.
Recién acabo de hacerlo. Y al cortar las hojas dobles del diario, sin querer fui leyendo los titulares y viendo las fotos.
Debí parar y prestar atención para entender. Tuve la sensación de que eran diarios muy añejos, porque había rostros optimistas de funcionarios, títulos entusiasmantes, bajadas que transmitían la imagen de un país con rumbo. Claro, sabemos que todo eso era falso. Pero debí fijarme en la fecha de edición, y eran de apenas diez días. Se asaltó la sensación de que el tiempo había entrado en una vorágine. Tuve casi vértigo. Hoy, ni siquiera se animarían en ese pasquín a insinuar una cuota de optimismo.
Diez días nada más.
Y ya se nota el abandono, el tratar de correrse un poquito para no quedar tan pegados. Pero no hay manera. Los medios de la corpo también son protagonistas del saqueo.
Y si bien estoy seguro de eso, se me consolidó la certeza de que al país, mi país, le han prendido fuego.
